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Una cruzada lírica

Laura Crespi

LITERATURA ARGENTINA

“La lengua excitada con la gasa de una nube”, nos dice un poema y parece ofrecernos una elipsis de este libro. Es que Una cruzada lírica convoca a palpar ese punto de distancia y de tensión entre el afuera y el adentro, donde el paisaje no llega del todo al ojo ni el ojo puede volcarse por entero en lo mirado. Por tanto, no es casual que los lances y las enseñanzas del I-Ching aparezcan para enfrentar lo externo; las sentencias son asumidas como válvulas entre mundos, formas en que lo interno invade el espacio y el entorno golpea la puerta de la consciencia.

“La gasa de la nube”. La imagen carga lo exterior con la percepción del yo y, a la vez, derrama en el cuerpo la textura del objeto. Esa es la clave que entrama los poemas, un asentamiento de la sensibilidad a dos orillas que “acaso nunca / lleguen a ligarse / y el enlace / sea justo una distancia / y su tensión”. De ese modo, la cruzada consiste en un arrojo dentro de la corteza que nos aísla de lo real: “Tan dulce el calor / así cruzando por el lago ahora / ígnea piel mía y azul y verde el bosque / reflejándose en un círculo / de soledad”.

Lo que se busca es el límite, el borde que separa y contacta. No hay vuelta triunfante ni lleno de tesoros, sino un ingreso a la vivencia del contorno. Estar en la médula de eso que divide, tocar ambos lados de la muralla. El acto de ver trae consigo la gracia de las mutaciones que mantienen el equilibrio móvil entre la voz, el mundo y la palabra: “bloque palpitante de nieve estallada / que se expande y sube / desde la naturaleza de una idea / que se adhiere al corazón / como al interior una fruta / y se abre en una flor / inaugural”.

En el nivel sonoro y visual, se transmite la experiencia de un prisma en el que el poema se aloja como “en un campo de niebla pelado por el hielo / donde el aire pudo caminar al fin su transparencia”. No se trata de una sensación de encierro, más bien de una forma de penetrar espacios regidos por una armonía tirante donde el ahogo es “la droga de una lúcida monotonía” y la voluntad de decir se ve obstruida por la impresión de lo contemplado.

El afuera se graba como un peso en la blandura de la voz e impide la elección de las palabras. Lo que se pronuncia equivale a una huella: dominancia de lo receptivo, como declara el I-Ching: “Oro, lirio y colibrí en ebullición / perpleja longitud posándose en el ojo / con su flamante velocidad en voces / aceleraciones / y uno que otro / aleteo momentáneo / que rodea mis oídos / piernas / plantas / labios / y párpados a la vez”. No podría invocarse un reino nuevo, sino una zona neutra sin gravitación, donde los órdenes se pierden.

Así, la cruzada se deshace de su idea de regreso y la lengua flota a la par de lo nombrado. He ahí el efecto del prisma: colocar el ojo a través de sus mil caras. Parques, lagos, tilos, estaciones, campos, incluso los hijos resultan entregados a la tensión fluctuante, y al final del viaje, “esa luz eliminada, como el nacimiento de una adoración”, pasará a impregnarse en la piel, rememorando mientras borra todo lo que la voz persiguió en su recorrido. No sorprende entonces que el lirismo recién comience cuando ya no resta enunciación.

 

Laura Crespi, Una cruzada lírica, Bajo la Luna, 2022, 64 págs.

 

28 Sep, 2023
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