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La mujer desnuda

Armonía Somers

LITERATURA IBEROAMERICANA

Varios son los mitos que orbitan alrededor de la primera vez que La mujer desnuda vio la luz en la década del cincuenta. Hasta nosotros llegan diversas anécdotas donde identidad autoral y contenido argumental causaron equivalentes revuelos. Podemos afirmar que hoy, más de medio siglo después, este libro produce igual desconcierto: se trata de una escritura cuyo relato y factura formal evaden sucesivos intentos de clasificación y se revelan como un ambicioso proyecto poético. El texto, sin dudas extravagante, fue leído ya en la década del sesenta a la lumbre de características propias de una literatura imaginativa que, a ojos de Ángel Rama, debía ubicarse en una serie de escrituras excéntricas como la del Conde de Lautréamont, Horacio Quiroga o Marosa Di Giorgio, representantes de una estirpe de raros uruguayos. La mujer desnuda inicia con el cambio de década de la protagonista y ya en las primeras líneas declara: “El día que Rebeca Linke cumplió los treinta años, ocurrió lo que ella había venido sufriendo por adelantado desde hacía mucho tiempo: nada”; aunque inmediatamente encuentra una daga toledana entre sus cosas y decide cortarse la cabeza. Rota la sutura que antes unía músculos, órganos y percepción, la narración recoge ese archipiélago de sentidos fragmentados e inicia un trabajo que pareciera querer revelarse ante cualquier idea de completitud o cierre. Cuerpo y texto aquí son asediados mediante diversas formas de violencia, y ambos habilitan numerosas coordenadas poéticas y políticas que el texto no recoge sino a lo largo de toda su extensión.

Cuando Rebeca logra volver a colocarse la cabeza, no sin esfuerzo, se vuelve, también, una mujer desnuda que inicia un derrotero por un territorio mutante hecho de una pradera, un bosque enorme, matas de zarza, un río solitario y nervioso, bajo la presencia acechante de hombres solitarios o multitudes que observan, acechan o inician diversas persecuciones. De esa forma, La mujer desnuda se traduce en una singular contraseña, sintagma cuyo sentido, tembloroso, se despliega de diversas maneras conforme avanza el relato: cuerpo femenino; cuerpo en fuga; territorio excéntrico, maldito; cuerpo exiliado del sentido. La mujer desnuda avanza y su visión retorna en la forma de sucesivos estribillos. Mujer escurridiza que escapa a la persecución no sólo de las multitudes, sino también del signo, de la diferencia entre especies —animales y vegetales— y del compartimiento estanco de la diferencia sexual que le asignó la cultura. Su impudor, de hecho, es el hueco para iniciar la fuga: “Ven, toca, estoy desnuda. Tomé mi libertad. Salí. Y no tengo ni he tenido amante. He dejado los códigos atrás. Las zarzas me arañaron por eso. El bosque me lanzó el aliento en la cara”. Su desnudez, arriesgamos, no es el correlato de los dispositivos de lectura, escritura y disección del cuerpo que fundó la modernidad sino, al contrario, es el revés de un signo que aquí se asume como forma del desacato y el desencaje, que se tensa sobre la página para la emergencia de una escritura otra, desgajada, desajustada del edificio androcéntrico. El libro parece ofrecer, en suma, una respuesta posible —avant la lettre— a la demanda que desplegaran en los setenta figuras como Hélène Cixous o Monique Wittig de una escritura de mujeres. La contestación del territorio transplatino no cuajaría sino en la década del ochenta en voces como las de Josefina Ludmer o Nelly Richard, que indagaron, más bien, en la invención de una escritura minoritaria, hecha de incertidumbre y subversión, practicada como forma de disidencia de identidad más allá del género de quien escribiera.

 

Armonía Somers, La mujer desnuda, Criatura Editora, 2020, 104 págs.

25 Ago, 2022
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