LITERATURA IBEROAMERICANA

La sed en nuestro imaginario suele aparecerse como la necesidad suprema, como el último soporte al que nuestro organismo recurre con urgencia para subsistir. El náufrago siente la impotencia de verse rodeado de agua y no poder beberla, porque su salinidad se lo impide. Pero fijémonos alguna vez en lo contrario, en la necesidad de la sal. Hay una escena de Aguirre, la ira de Dios (1972) de Werner Herzog que nos muestra a los colonos españoles asaltando una de las tantas aldeas del Amazonas peruano. Un par, hincados de cara a la tierra, comienzan a lamer lo que serían restos de sal. “¡Sal!, sal!”, gritan. Han pasado meses sin saborearla y, por la expresión de sus rostros, se ve que es una necesidad casi biológica.

Cuando algo cuesta caro se dice que eso está “salado”. En la antigua Roma se pagaba, por su alto valor, con sal; de allí la etimología de la palabra salario. Una casa sin sal en la despensa, en el habla popular, es síntoma de miseria. Asimismo, no tener agua. En ambas se entrama la idea de necesidad, la sed y la sal, como también de valor. “¿Pero quién calma su sal en vez de su sed?”, leemos en el último libro de Juan Santander Leal (Copiapó, 1984), poeta. Y quizás se entrevé en este verso la necesidad de bajar los tonos, de ocuparse de lo elemental, de lo diminuto, en contraposición a la grandilocuencia y al consumo desbordado.

Ya en libros anteriores suyos como Cuarzo (Marea Baja, 2012) o Hijos únicos (Overol, 2016) identificamos una voz tenue, de media tarde, que organiza con una especie de objetiva melancolía la realidad inmediata; que ensaya maneras de mostrar aquello que en nuestra fugacidad doméstica, en nuestros ritmos cotidianos, pasamos por alto. Se atisba, asimismo, una ansiedad por nombrar aquellos adminículos o artefactos domésticos que utilizamos y olvidamos: la bacinica, la loza sucia, barrer migas de pan, el interruptor, las toallas colgando de la ventana, el florero de madera con plantas de aluminio, los dientes de leche. Objetos, muchos de ellos, propios de paisajes algo pasados de moda. Da la impresión de estar señalando los trastes, la indumentaria de la casa de su abuela estando ella ausente. Una añoranza (la sed) que no explota en arrebatos líricos, sino que se contiene en la contumacia de la voz del individuo, seca, solitaria; que atraviesa el paisaje de una casa de clase media chilena de una época ya finiquitada o las calles de una provincia ubicada en un sitio difuso. Unos cuantos versos notables: “pusiste en práctica la quiromancia / mientras la vitamina c / subía de precio en las tinieblas // ¿Dejaremos que nos acaricie nuestro enemigo / a cambio de poder acariciarlo nosotros?”.

En Sed y sal (2020), publicado en Chile por la editorial Overol, un murmullo lento recorre todos los poemas. La sensación de cuando uno está pronto a despertar y todo parece ser real sin serlo, con medio cuerpo dentro del sueño y el otro fuera, a uno lo impregna; o como cierto narcótico que expulsa la situación melancólica retratada y que emboba la visión, tornándola extraña. No un extrañamiento de formalista ruso, sino una pena que no se sabe muy bien de dónde proviene. “Tus mañanas son compactas como un ajo. / cae una gota de sangre en el té de manzanilla”.

Suele predominar en estos poemas de Santander Leal la imagen ante los demás sentidos. Siempre se ejercita una secuencia o un paneo. Hechos que ocurren y son relatados con la densidad y frugalidad de un lenguaje salino, sin dulzura. Es decir, sin arrebato, muy medido. Una poesía de porcelana, fría y lisa, a la que por momentos se le celebraría una grieta o una mancha, o una voz carraspeada o salida de tono; pero cuya palidez podría demostrar que también es lírico enfriarse, aunque no se atisben aún los diamantinos copos de esa poesía.

 

Juan Santander Leal, Sed y sal, Overol, 2020, 48 págs.

 

2 Dic, 2021
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