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Un lugar llamado Antaño

Olga Tokarczuk

OTRAS LITERATURAS

Un lugar llamado Antaño empieza con una descripción de las fronteras que delimitan el territorio donde acontecerá toda la novela. Precisa a la manera de un informe topográfico, señalización despojada de ríos y bosques, de rutas y ciudades vecinas, esa descripción define un espacio que bien puede ser una sinécdoque de Polonia, de la Europa del siglo XX y hasta del universo. Todo cabe dentro de Antaño y nada —se sugerirá más adelante— puede salir de él.

“Antaño no existe”, escribe Tokarczuk. “Ni siquiera ha sido creado. La tierra donde hubiera podido ser fundado es cruzada constantemente, de este a oeste, por las hambrientas hordas de un ejército”. Casi se puede sentir la voluntad de reivindicar —por la negativa, por supuesto— el estatus de centro de un país que durante años fue suelo de paso, campo neutral para tropas ajenas, basurero de guerras de otros. Justamente lo que no hay ahora es un afuera. Si la existencia de Antaño es dudosa o contingente, el modo en que la reciente ganadora del Nobel perfila su narración directamente excluye la posibilidad de un exterior sólido y más o menos relevante. Guste o no, parece decir Tokarczuk, Antaño tendrá que bastar.

Novela de estructura desconcertante, compuesta por capítulos breves que saltan de un personaje a otro, Un lugar llamado Antaño concibe el realismo y el fantástico como vasos comunicantes que se colman y se evacúan a partir de la depuración que agita la trama a través de las décadas y los eventos que las marcaron. Por mucho que el contratapista se apure en emparentar el libro con la producción de García Márquez y sucedáneos —y más allá de la utilización de la saga familiar como vehículo—, el proyecto de Tokarczuk pasa por otro lado. En él no hay convivencia de elementos, mixtura que iguala todo lo que se narra, sino una gradación controlada —del fantástico hacia el realismo y no al revés— que apunta sin ambigüedades al tema global. Transfigurado por un siglo de violencias y progresos occidentalizantes, Antaño se purga de enigmas encarnados por brujas panteístas y divinidades rurales para acoplarse a un tren de modernidad de apariencia segura. Como afirma la señorita Popielski: “Ahora el mundo no es lo que era. Es mejor, más grande y claro. Hay vacunas contra las enfermedades, no hay guerras, la gente vive mucho más… ¿No estás de acuerdo?”. La pregunta está dirigida a todo aquel que se cruce con ella, viva en Antaño o lo observe desde arriba, falsamente inmunizado por la lectura.

En el desande de un camino inverso a la casi absoluta mayoría de ficciones que maridan, fusionan y deforman con la extrañeza como norte, Un lugar llamado Antaño introduce un elenco de hombres y mujeres que sufren pobrezas e injusticias mientras deambulan por bosques oscuros, engendran niños muertos o prodigiosos y conectan con fuerzas de planos superiores. Más allá de la última fila de árboles, los espera el descanso o la condena del mundo material. Si la mutación pule o erosiona, Tokarczuk no da pistas. Su mira está puesta en la parábola que junta y disgrega, en la trayectoria ilusa que nos lleva siempre al mismo lugar.

 

Olga Tokarczuk, Un lugar llamado Antaño, traducción de Ester Rabasco Macías y Bogumila Wyrzykowska, Anagrama, 2020, 264 págs.

 

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