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En el panorama literario de los últimos años se ha erigido, acá y en otros rincones de Occidente, como células de una cofradía dispersa, un plantel de escritoras con un temperamento común y una contumacia verificada a la hora de doblegar géneros y adherirlos a una búsqueda tanto estética como ideológica. Impenitentes, de exterior punk, tenebrosas dentro de parámetros soportables, han contribuido a la modernización de cierta militancia y el izamiento de ciertos discursos que, por lo menos hasta su llegada, sufrían de voz frágil o llanamente restringida.
Hermanando gótico y terror, nocturnidad identitaria y la subversión de patrones de género desacreditados por la rigidez y el sobreuso —quién domina, quién desagravia, quién funge de víctima, quién de victimario—, cada referente fue ganando colinas en su tierra de origen mientras trastocaba un orden editorial antes sometido a los antojos de otros detentores de premisas. Dentro de la trinchera británica, Jenni Fagan cosechó fama en 2013 con la aparición de El panóptico, autobiografía de pulso weird en la que registró su tránsito por el sistema escocés de cuidado de menores. A esa novela la siguieron otras no menos exitosas, además de poemarios e indagaciones académicas, y en 2021 vio la luz su proyecto más ambicioso, Luckenbooth, traducido ahora al español por la neófita Queequeg Press.
Además de nombrar un libro acelerado y expansivo, Luckenbooth es un edificio que atestigua casi cien años de la historia viviente de Edimburgo. Existe en Fagan un propósito manifiesto de mitificar una ciudad de por sí mítica, cargada de leyendas fantasmales, algo que Alasdair Gray ya había hecho antes en Lanark con la otra gran metrópoli escocesa. Orgánico y matizado, el plan de Gray se apalancaba en un ejercicio narrativo sobre el protagonista homónimo y su errancia entre un realismo existencialista y un fantástico peripatético: Glasgow era, así, a la vez, la urbe que conocemos y el extravagante reino de Unthank. Fagan, en cambio, propone una versión sobrenatural de Edimburgo que no se escinde del anecdotario universal del siglo XX, sino que lo acompaña desde los márgenes y lo obedece sin atisbos de rebeldía auténtica. Tanto por recorrido como por las inflexiones aplicadas, se trata de una mitificación tal vez demasiado consciente de los paralelismos que pretende suscitar.
Embrujado por un encadenamiento de femicidios, Luckenbooth es un edificio maldito apostado en un mundo maldito. Desde el momento en que la hija del diablo arriba por mar en un ataúd —con cuernos flamantes, belleza demoníaca y el encargo de darle un hijo a un patriarca local—, la oscuridad fabulosa de la trama se mira en la oscuridad de las guerras mundiales, la persecución del sufragismo, el colapso de la razón y otras tradiciones modernas, la pauperización trabajadora en manos de Thatcher y hasta los ecos de masacres lejanas como la de Tiananmen. Los inquilinos del número 10 de Luckenbooth Close ven cómo la realidad se intoxica con sordideces que vienen de mucho antes y de muy adentro. El elenco es amplio: además de la embajadora inframundana, el patriarca y su pareja misteriosa, hay numerosos ejemplares de la vida noctámbula, un osteólogo, una médium, un Burroughs cautivado por el poliedro de las drogas, un minero fotofóbico y una pandilla de asesinos enmascarados.
La lista crece tanto como lo permite el avance de las décadas, consecuencia directa de un siglo botánico en términos de acontecimientos. Más que a la maldición edilicia, los personajes de Fagan se aferran a un programa que no oculta sus costuras. Por afán de correlato, los diálogos se vuelven expositivos, las efemérides se subrayan, las descripciones y los monólogos se repiten —incluso cuando la vastedad del libro da campo para el disimulo—, y eso que la autora quiere decir se desnuda hasta la indefensión. El rebalse imaginativo, la violencia gráfica, la sensualidad pródiga y el rictus de nihilismo indócil son atributos que la prole que Fagan integra empleó para torcer el cauce de la literatura contemporánea. Sin embargo, a varios años ya de su irrupción, la pregunta es si la novedad no está gastándose, si la actitud que la prosa ofrece no debería empezar a condensar algo más que sólo rocanrol. Aunque guste.
Jenni Fagan, Luckenbooth, traducción de Micaela Ortelli, Queequeg Press, 2025, 376 págs.
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