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Es una fotografía en blanco y negro de nueve por nueve centímetros montada sobre una cartulina blanca en un marco de madera de treinta y cinco por cincuenta centímetros, sobre una pared blanca inmensa y vacía. Un niño pequeño de perfil mira muy concentrado unas cubetas de plástico en lo que imaginamos es un cuarto oscuro. En la enorme simpleza de los elementos que la componen, esta imagen es una metáfora del acto fotográfico en su verdad más auténtica. Esto es: la aparición de la imagen en la cubeta del revelador. Cuando las nuevas generaciones descubren el procedimiento analógico, siguen fascinándose con esta visión. Más allá de la factura técnica y estética de la foto que revela a un operador con experiencia en el manejo del aparato que manipula, se dejan ver claramente dos planos bien diferenciados sobre el eje del cuerpo del niño casi en el centro. A la izquierda está la luz y la referencia a la imagen “reveladora”; a la derecha, una oscuridad profunda y, al menos para mí, amenazante.
El niño es Gerardo Dell’Oro en 1969 a la edad de tres años. La foto —un anuncio temprano de la vocación adulta de Gerardo— la tomó Alfonso, su padre, un entusiasta aficionado que sin saberlo estaba componiendo una serie de imágenes profundas, trascendentes, “reveladoras” de la felicidad de su familia, del crecimiento de sus tres hijas y su hijo menor. En esta foto de Gerardo faltaban exactamente siete años para que un grupo de tareas secuestrara a su hermana Patricia, en su casa a sus veintiún años, junto con su compañero, Ambrosio de Marco. La foto abre la muestra que Dell’Oro montó con las imágenes del álbum familiar y reproducciones de cuadernos, objetos, pinturas, recuerdos de su hermana. También incluye la desgarradora declaración de su padre durante el primer juicio después de la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida en 2006, después de una sucesión de engaños, pistas falsas y desvíos perversos que el Estado ilegal y represor se encargó de esparcir sobre la vida de su familia con el persistente objetivo de destruirla, tal como habían destruido a Patricia y a Ambrosio, fusilados en el Pozo de Arana, uno de los más conocidos centros clandestinos de detención durante la dictadura. No lo lograron.
Sorprendentemente, Dell’Oro encontró una forma poética de expresar en imágenes tanto dolor. Frente a la foto del niño que mira la imagen que “aparece”, en un cubo blanco de diez metros de lado y cinco de alto, con tres enormes ventanales sobre la Avenida Libertador, la muestra se extiende principalmente sobre el muro que da al norte, con las imágenes distribuidas desde el piso hasta el techo. Una, la más alta, es el beso entre Patricia y Ambrosio el día de su casamiento. De izquierda a derecha, se despliega la memoria de esta familia en las fotos tomadas por el padre en soportes y formatos que son irregulares. La ilusión de esos seres comunes y corrientes lo ilumina todo. Sobre el final aparecen las imágenes de Mariana, la hija de Patricia y Ambrosio, hasta que un listón de tela de cinco metros de largo colgando desde el techo hasta el piso corta perpendicularmente el recorrido de la mirada y nos obliga a entrar en otro escenario, mínimo, desesperante a medida que leemos el testimonio de Jorge Julio López relatando cuándo, dónde y cómo Patricia y Ambrosio fueron asesinados. López “desapareció” por segunda vez el día anterior a la sentencia de cadena perpetua al comisario Etchecolatz, responsable por estas y otras muertes macabras. No hay noticias de su destino hasta hoy.
En una caja, pegada a la pared, están las reproducciones de los textos manuscritos y dibujos, el legado de López que logró imágenes donde era imposible que las hubiera. Imágenes pese a todo.
El horror es irrepresentable, pero no sus consecuencias. Gerardo Dell’Oro encuentra el modo proyectando el álbum familiar sobre las formas del archivo judicial. El resultado es un dispositivo artístico que lleva al límite la capacidad emocional del que mira. Es una lupa de gran aumento sobre los efectos devastadores de un crimen que se multiplicó por miles y miles y cuyo daño tiene alcances todavía difíciles de mensurar. La experiencia de esta muestra trae un cierto alivio para un dolor que no cesa.
Gerardo Dell’Oro, El viento es uno solo. Imágenes en la memoria, curaduría de Marcela Cabezas Hilb, Sala Víctor Basterra, Edificio Cuatro Columnas, Espacio Memoria y Derechos Humanos, ex ESMA, 28 de marzo – 21 de junio de 2026.
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