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El goce de la pintura

Samy, Matilde y José Benmayor

ARTE

Herencia familiar, afectividad y una reflexión por la trasmisión de los oficios. La historia del arte da cuenta de filiaciones familiares, de hijxs que suceden a sus xadres en la producción artística, especialmente cuando la técnica era todavía una categoría relevante en el campo artístico, aunque esta es una afirmación que necesitaría de cierto análisis. ¿Aquello que se transmite es un oficio, un particular trabajo con la materia? ¿O es una predisposición determinada para la sensibilidad? Estas preguntas resultan imprescindibles cuando vemos El goce de la pintura en la galería Gachi Prieto, donde se reúnen por primera vez las obras de la familia de artistas Benmayor: Samy junto con sus hijos Matilde y José.

Parece imposible no buscar filiaciones, indicios que nos permitan pensar la continuidad entre una obra y la otra. A primera vista podemos encontrar similitudes cromáticas, como si esa fuera la huella de la cultura visual familiar.

Samy Benmayor presenta un corpus de obra que se enraíza en seres antropizados: un pájaro de colores brillantes, un ciervo o la imagen de un fumador con visera. Sus personajes encarnan el impacto de las acciones humanas en espacios difusos. En la descripción de espacios terrosos, que vuelven sobre el relieve en su carácter topográfico, el mayor de los Benmayor recupera la idea de que el artificio no está exento de los espacios naturales.

Matilde Benmayor convierte el trazo en línea de color. En su obra no hay rastro del ambiente cercano, más bien una apelación a motivos fitomórficos que cooperan con siluetas humanas fragmentadas. El resguardo por lo natural alcanza el estadio del detalle, del zoom in de una imagen digital. Este recorte se particulariza en el recorrido de las hormigas y la cosecha de papa, ambos rasgos esenciales de una acción.

La realidad industrial es parte constitutiva de la obra de José Benmayor. La planimetría plástica de los personajes de los videojuegos, los dispositivos tecnológicos y los alimentos en sus cajas de distribución permiten conocer referencias generacionales que inician en la década del ochenta. Mario Bros, Garfield o determinadas etiquetas, tales como Tropic Fruits, no son sólo recuerdos sino referencias materiales de los procesos de la cultura capitalista en su estadio global. Estas materialidades configuran un espacio fértil para que los personajes no se vean modificados por la acción humana, sino que surjan de ella.

La sinergia familiar como constelación no se evidencia sólo en estas configuraciones: la conjunción entre percepciones y saberes se convierte en otro de los puntos de partida de la experiencia colectiva del entramado familiar en el sentir por la práctica pictórica. El anclaje material que oscila entre el óleo, el acrílico y la serigrafía se fortalece en un proceso de creación como resultado de un intercambio comunitario que nos propone repensar los modos de creación bajo el interrogante de los afectos. Esta construcción del enfoque de lo íntimo permite volver sobre los aspectos marginales del proceso de trabajo, yuxtaponiendo imaginarios domésticos que circulan en la esfera estético-social.

Permeables a los fenómenos políticos, económicos y socioambientales que los atraviesan, lxs tres artistas encuentran refugio en la cadena sensorial, formal y vital de la práctica y su espacio de sociabilidad. En ellxs aparecen ambas cuestiones indivisibles del corpus. Sus representaciones no son el resultado de una historia familiar, sino la continuidad de una sensibilidad humana encarnada en los lazos de parentesco y que, en la reunión del espacio expositivo y sus canales curatoriales, se potencia en un diálogo rizomático que nos permite reconstruir las pervivencias en sus trayectorias.

 

Samy, Matilde y José Benmayor, El goce de la pintura, curaduría de Irene Gelfman, Galería Gachi Prieto, Buenos Aires, 15 de julio – 22 de septiembre de 2023.

5 Oct, 2023
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