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Sebastián Gordín y Jorge Macchi en Ruth Benzacar

ARTE

Aunque sólo el espacio de la galería Ruth Benzacar parece comunicar las muestras de Sebastián Gordín y Jorge Macchi, los memoriosos podrán encontrar un hilo invisible que las reúne. En El libro de oro de Scoop, una pieza de Gordín de 1993, un robot descoyuntado de Marvel Comics ilustra a toda página un libro abierto sobre una base de madera, pero el muñeco se corporiza rasgando la página siguiente para animar la escena fantástica que ahí mismo se relata. Versión perfeccionada en tres dimensiones de un objeto dilecto de la literatura infantil, el libro troquelado, la obra rompe el marco, invita al lector-espectador a pasar del otro lado y resume como pocas el micromundo que Gordín lleva años poblando. Híbrido de dibujo, pintura, escultura, maqueta, miniatura, instalación o diorama, el único medio específico de su obra es la ficción, surtidor de la imaginación fantástica que ahora anima la nueva muestra. Con un lenguaje muy diverso, el libro que cobra volumen parece inspirar también Pop up, la serie de cuatro obras que Macchi instaló en las salas más pequeñas, formas abstractas aquí de planos abisagrados que parecen desplegarse hasta donde las paredes lo permiten. El título de una canción, Mi eco, mi sombra y yo, da nombre a la muestra de Gordín, y la imagen de un fragmento de un ensayo de Emmanuel Carrère, El estrecho de Bering, leído en un kindle, oficia de módica hoja de sala de la de Macchi. Y aunque desde siempre la ficción se cuela en las obras de los dos, por lo demás muy dispares, hay algo más que sorprende en el recorrido y los reúne. En la variedad de lenguajes y de medios, concibiendo un arte bajo la forma de otra, Gordín y Macchi han creado obras personalísimas que, fieles a sí mismas, consiguen siempre renovarse. Se trata de “convertir la repetición en algo nuevo”, como propone un filósofo que supo ver en la repetición la diferencia, “vincularla a una prueba, a una selección, a una prueba selectiva; plantearla como objeto supremo de la libertad y de la voluntad”.

En la muestra de Gordín hay cajas de vidrio, piezas de marquetería y tapas de revista que ya son parte de su vocabulario, pero todo se reaviva con ecos y sombras inesperadas. En una gran caja de vidrio, los muchos dibujos en miniatura que cubren el piso entre diminutos tarros de pinceles ahora se desdibujan, como si Gordín buscara un doble visual del eco. Sus típicas tapas de revista se pintan aquí en vidrio, reverberación colorida y pop de su reciente residencia en Alemania, donde descubrió que la pintura sobre vidrio fue una especie de rito de pasaje hacia la pintura abstracta. También él vira a la abstracción en los paneles que cierran la muestra en el fondo de la sala, y vuelve a la pintura de sus comienzos transformado. Con sus dotes extraordinarias de marquetero, las formas geométricas del cuadro están ahora afanosamente laminadas en madera. Una pieza de larga data se retoma por fin a modo de coda para figurar el recorrido de un año de trabajo que riza en la obra la sucesión temporal ordenada. “Mi año araña” se lee en las páginas de un viejo calendario dispuesto junto a un corte transversal de un tronco de madera que, desde luego, no es tal, sino una paciente reconstrucción de los anillos de crecimiento en marquetería. Unos clavos minúsculos descentran la prolija geometría natural con calas que traman la red asincrónica de la historia del arte y el tiempo vivido. Un año más tarde, Gordín es el mismo y es otro.

También Macchi se renueva en su Pop up de cuatro piezas que, como el ensayo de Carrère y a su modo, habla en potencial, de lo que podría haber sido y no fue. Uno o varios paneles de gran tamaño unidos con bisagras se despliegan en las esquinas de la sala hasta formar cuatro piezas escultóricas geométricas, libradas a la imaginación del que mira. ¿Una flor? ¿Un gineceo? No importa demasiado en realidad porque lo que de veras cuenta es que las formas, instaladas en otra parte, podrían ser otras. Las verdaderas protagonistas de la serie, ironiza Macchi, son las paredes, que dan a la escultura móvil forma acabada. Pura potencialidad, puro devenir, los pop ups coloridos juegan con la libertad del movimiento y la fijeza imbatible de los límites como ya lo hicieron otras obras. Y es que las constricciones espaciales siempre fueron un disparador de paradojas visuales para Macchi, en franco desafío a la arquitectura. Un container, las aspas de un ventilador o las agujas de un reloj se batieron con las paredes de otras salas y, en un Díptico a gran escala, Macchi consiguió incluso instalar la antigua galería de la calle Florida en el cubo blanco de la nueva, en la calle Velasco. En el desajuste espacial de las dos plantas asomaba la tramoya del pasaje de una a otra y el salto realmente fantástico. En Pop up, en cambio, sin objetos ni espacios reconocibles, el resultado es deliberadamente abstracto, como si el dispositivo y la paradoja se desnudaran en las salas.

Sin escándalo ni pruebas, es posible sostener, se lee en la página de Carrère, “que el acontecimiento, antes de tener lugar, existía en un número casi infinito de formas virtuales y que había las mismas posibilidades de que adoptase una o cualquier otra de esas formas”. La potencialidad infinita de lo mismo, inimitable don del arte, se celebra multiplicada en la obra de Gordín y Macchi.

 

Sebastián Gordín, Mi eco, mi sombra y yo; Jorge Macchi, Pop up, Galería Ruth Benzacar, Buenos Aires, 26 de julio – 1 de setiembre de 2023.

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