LITERATURA ARGENTINA

Pueblo, ciudad —“chica, pero ciudad”—, guarnición militar, esteros, pantano, desierto, una estación de servicio sobre la ruta. La cartografía imaginaria sobre la que despuntan los días de El sol presenta una llamativa gama de paisajes, biósferas, construcciones y escombros, cuya deliberada imprecisión geográfica se relocaliza luego, con un peso diferente, en un tiempo que remite a revolución, derrota, cárceles y exilio. Como un Recabarren revisitado, Víctor, postrado en la cama de la pieza de un hospital que, junto con la capilla y su entorno, es el escenario privilegiado del relato, calla y espera. Espera —las demoras son las de un sistema de salud en ruinas— que le hagan unos estudios —el summum del retraso lo concentra “la punción”—, o bien para saber qué mal lo aqueja, o bien para empezar una terapia hacia la cura. Su silencio es una elección, pero también una estrategia. Resulta que Víctor en realidad es Igor, y su misión como agente del recontraespionaje es adentrarse, encubierto, hasta lo más profundo del territorio enemigo. Con el correr de las páginas, no obstante, mientras la paranoia del topo lo empuja a traicionarse, conoceremos que, en realidad, esa guerra que peleaba terminó, o casi, y que su trabajo resulta ineficaz o improcedente. El frecuente rulo narrativo que le da vigor a la trama —los “en realidad” y los “no obstante” parecen imperiosamente necesarios para referir algo de lo que pasa en El sol—, coloca allí la duda. ¿Y si lo que hace es útil? ¿Si quieren hacerle creer que todo terminó para que se rinda? ¿Si buscan quebrar su lealtad y corromperlo? Con ese telón de incertidumbre permanente, Víctor —Igor— enfrentará situaciones más o menos típicas de su condición de “enfermo” —la ronda de la enfermera, la visita de una monja, la aparición de un compañero de pieza, la del coronel— con ánimo de espía: todo puede ser una trampa. También, cuando el silencio deje de ser un escudo, hablará. Acentuando cierto predominio de lo religioso en la continuidad de la novela —a la capilla y la monja se suman un rosario y un Cristo como objetos que despiertan alguna devoción, tanto como se especula o se debate en torno a algunos episodios de la vida de Jesús—, las intervenciones de Víctor se asemejan a una confesión. Quién es, quién fue, quién pudo ser. Mientras otras dolencias, humores y secreciones del cuerpo encuentran su curso, volverá a su infancia —una cuenta del rosario—, su profesión —otra—, su mujer —otra más—. Pronto, el catálogo temático de sus cavilaciones y sus conversaciones se volverá frondoso, selvático, exuberante. La voluntad, el dolor, “la blandura de lo tentativo” o “el mandato de las cosas”. Entretanto, el avance en la lectura podrá sentirse lento y trabajoso. Y si con todo no dejamos de sentir el envión kamikaze de caminar hacia el centro de El sol, es probable que sea por culpa de la prosa, cuya robustez pareciera alcanzar cierta autonomía, una percepción de sí y una vanidad por la que se mostrara gustosa de verse escrita de ese modo. Llegaremos al final como quien atraviesa un pasaje de conjeturas, análisis y revelaciones que no son ni más ni menos que vistosísimas conquistas de la sintaxis, emplazadas allí por un orfebre del lenguaje.

 

Gustavo Ferreyra, El sol, Dualidad, 2021, 298 págs.

29 Abr, 2021
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