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El tic-tac del Little Boy

Araceli Lacore

LITERATURA ARGENTINA

En los veinticinco poemas de El tic-tac del Little Boy, de Araceli Lacore, se escarba hasta el agotamiento y hasta el dolor sobre un tema mítico: el padre, la muerte del padre, el protagonismo (muchas veces bestial) del padre como constructo vital en el yo poético: “el que anda ahí al acecho / ondula en las plataformas / chupa las carcasas de los muertos / merodea entre las piernas de mi padre”.

En casi todos los poemas aparece la palabra “padre”. Y también hay lobos, tigres, corderos y perros, la noche y el río. Poemas exentos de humor o ironía, pura tragedia que sin embargo no lloran. Toman la distancia justa para que el lector asista a las ceremonias previas a la muerte y a la muerte sin dejar de deslumbrarse por la belleza de los versos.

Aparece, como uno de los núcleos semánticos, el sexo: “se hunde entre la sangre / copula en las arterias”. O: “Qué es un padre en un río // el agua / recorre el pecho desnudo / baja hacia el sexo”. O: “mi padre no sabe quién es / en sus delirios me pide sexo / ve en mí a sus amantes / mujeres de cabello negro / empapadas en ginebra”.

Estos poemas no tienden al silencio sino al choque y a la pendencia. Se pueden vislumbrar bien metabolizadas las voces de otras poetas (Anne Sexton, Sylvia Plath). Los finales abruptos, el uso de las mayúsculas, parecen decirnos que se puede asistir a un velorio en pie de guerra. A la vez, aparecen sentencias postuladas como verdades indiscutibles: “EN EL CORAZÓN / EMPIEZA LA DERROTA”. ¿Qué quiere decir esto? ¿Que para no ser derrotados tenemos que dejar de lado el corazón? El oído absoluto de la poesía trabaja en este libro para revelar argumentos, historias que no se verían de otro modo. Por eso, como en la mejor poesía, El tic-tac del Little Boy asombra. Y, lo sabemos, el asombro es uno de los atributos fundamentales para que un poema deje de ser correcto y pase a ser excelente. En este sentido, se puede decir que los lugares comunes son torsionados y puestos en un contexto que hace que dejen de ser lugares comunes y recuperen la potencia de lo nuevo.

En el poema que da título al volumen (un título que no anticipa lo que vamos a leer) se habla de un padre colérico que arroja tazas de cerámica que se rompen cuando golpean contra el piso. Se habla de los restos de las tazas que son “restos de nosotros”. Y en ese nosotros se puede deducir que está la familia entera, o por lo menos lo que el lector conoce como esta familia que se enuncia: la hija (que es el yo poético) y la madre. El poema termina diciendo que la tarde cae sobre el hospital como soldados en la guerra y pasa a describir la respiración, sibilante, que anuncia esa metáfora para nombrar al padre y la respiración del padre. Así, podemos decir que este poema también es un intento de dar respuesta a la metáfora del título: el tic-tac es la respiración y Little Boy es el padre.

Los dilemas que se plantean en los poemas de este libro intentan ajustar cuentas pendientes. Nos dicen que siempre hay cuentas pendientes y lo único que se puede hacer con ellas es escribir para tratar de entender y de comunicar, para que, a pesar de todo, el amor pueda asomar su cabeza contradictoria para dejarnos no respuestas sino preguntas. Pero las preguntas son el comienzo para poder elaborar respuestas.

Araceli Lacore escribió un libro valiente porque no duda en abordar un tema muy transitado para hacer otra cosa. La enfermedad y la muerte del padre son, a esta altura, un género en la literatura. Pero Lacore nos demuestra que se puede producir asombro si se trabaja con los materiales de este género sin miedo, arremetiendo con detalles que hacen que estemos más interesados en la factura de los poemas que en el mensaje, sin que ambos componentes se puedan separar uno del otro.

 

Araceli Lacore, El tic-tac del Little Boy, Ediciones en Danza, 2021, 58 págs.

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