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La guerra civil

Natalia Fortuny

LITERATURA ARGENTINA

Azaila, Teruel. España. 1937. Un hombre cava trincheras en el frente republicano. Durante el descanso escribe cartas a su familia. Primero en catalán; luego, cuando cae prisionero, en castellano. Algunas se pierden en el camino, la mayoría (alrededor de ciento cincuenta) sobreviven. Él también. Casi noventa años después, su nieta recupera ese archivo y lo convierte en un libro de poemas.

La nieta es Natalia Fortuny: poeta, doctora en Ciencias Sociales e investigadora en fotografía contemporánea, arte y política. En el pasaje, Fortuny no agregó palabras nuevas, sino que tomó las de su abuelo y sobre ellas realizó una serie de intervenciones. Como el escultor que descubre la figura que habita en el interior de la piedra, la poeta seleccionó, tradujo, escandió el epistolario para hacer más visible el tesoro o, más bien, para crear uno nuevo.

A través de los poemas-carta accedemos a la intimidad de la experiencia de la guerra: los objetos de los que se dispone y los que faltan, el detalle del trabajo de cada día, los nombres propios que van dibujando un itinerario (Muniesa, Valle de Conejos, Utrillas, Turia, Castellón), las estaciones y las vistas que se suceden: “el paisaje tan hermoso parecía un pesebre / vimos dibujos / hechos por la nieve y el viento / que no se pueden explicar”.

Los padecimientos de la guerra aparecen por omisión. Se dejan ver en el esmero por transmitir tranquilidad: “conozco todos los ruidos / y ninguna clase de peligro”, “sobre todo hay / calma completa / no parece la guerra”. Pero la visión apacible del frente de batalla es desmentida cuando se cuelan involuntariamente el frío, el hambre o el peligro vividos: “son días tranquilos, de calma completa / diferentes a cuando llegara la primera vez”. Las penurias siempre quedan en el pasado. El presente se tiñe de un tono optimista, pero que —con todo— no logra disimular el contexto: “una garganta en la tierra / nos protege de balas, aviones / y sirve para dormir”.

El libro trae consigo el valor documental del testimonio, y también recupera su valor poético. La condensación y la escansión de la prosa en versos y estrofas lo pronuncian. Aquello que en la carta constituía una continuidad ahora está astillado, partido, distribuido en el blanco de la página. El encabalgamiento entre un verso y otro produce esa prolongada vacilación entre el sonido y el sentido con la que Paul Valéry definía la poesía: “en este frente quieto se pierde / la idea de la guerra”. El corte de verso nos deja en vilo, hace temblar la certidumbre de la frase. La escisión desgaja verbo y objeto, y la herida de la pérdida queda reverberando con la fuerza de lo inconsciente, de aquello que dice el lenguaje más allá de la voluntad de quien habla.

El recorte y la yuxtaposición acentúan ese desplazamiento entre segmentación métrica y semántica. En pocas líneas se pasa de la alegría a la conciencia de lo irrecuperable: “acabo de recibir la fotografía / de los pequeños, ¡por fin llegó! / […] son como maniquíes en la foto”. El efecto de composición se da en otros casos por la unión de fragmentos dispares, un ready-made cuyas discontinuidades parecen capturar algo del fluir de los pensamientos y las emociones. Como un monólogo interior, se suceden sin interrupción “el nene se rompió la nariz / me dicen / que la aviación fascista les dio un susto / que con la comida están flojos / nosotros no podemos quejarnos / y pobrecito el nene con sabañones”.

Selección, recorte y composición hacen pensar estos poemas desde la fotografía, un lenguaje que también es afín a Fortuny. La titulación de cada texto —un título conformado por una palabra o frase tomada del poema mismo— parece señalar el punctum de la foto, esa herida que ha aguijoneado la escritura. El poema se propone como un encuadre, y en ese gesto es posible distinguir la singularidad de Fortuny y establecer una continuidad con sus libros de poemas anteriores.

Porque en el pasaje de carta a poema también ha ocurrido otra conversión: la escritura del abuelo es ahora la escritura de la nieta. Como una suerte de Pierre Menard, Fortuny reescribe estas cartas letra por letra hasta volverlas propias. Y es por eso que en este libro, calcado sobre la voz del abuelo, suena la voz inconfundible de Natalia Fortuny.

La guerra civil construye una genealogía donde confluyen estética y ética a través de un gesto de resistencia: dejar por escrito.

 

Natalia Fortuny, La guerra civil, Tren Instantáneo, 2023, 144 págs.

17 Ago, 2023
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