LITERATURA ARGENTINA

Dividido en dos secciones, “El cariño en flor” y “El amor gamado”, el segundo libro de poemas de Julián López confirma su obra como fruto de una vocación que no está atada a un género específico.

En la primera parte, el volumen se presenta ante el lector como eso, un volumen. Pero un volumen que es a la vez varios volúmenes: uno de luz y otro de sonido, uno narrativo y otro poético, uno en el verso y otro en prosa. Estos espacios conviven y se equilibran mutuamente, se sopesan, se corresponden. Su imán es la voz, que actúa como un catalizador de esas tensiones y las resume en la alquimia encantadora de una sensibilidad inagotable: todo lo recibe y lo asimila, nada de lo que la afecta la sobrevuela.

De eso da cuenta el fenómeno lumínico que obsesiona a los versos y el ojo, el nervio óptico, que pasa ser sinécdoque de la sensibilidad toda: “Queda un rato para ver / los pétalos de la luz se sueltan / una sucesión incomprensible / granula el horizonte, lo opaca. / En todo caso, lo que esplende / es la revelación del día que se esfuma, / automóviles y naves en la línea del suceso, / lo que veo es la luz / que en la huida se agarra como a tientos / débil a la base de las nubes de la última hora”.

Por otro lado, el espacio en el cual aparece la voz se percibe como una habitación con una gran ventana hacia el poniente en la que cada poema vendría a ser la cuarta pared. No importa que las imágenes y los episodios sean diversos (recuerdos familiares, fantasías, encuentros sexuales, introspecciones, recorridas por las calles, el soliloquio de un emperador romano), la materia verbal ocurre en esas dimensiones y proyecta el poema en profundidad escópica: “una piedra ínfima, invisible, con otra piedra ínfima, invisible / con otra piedra ínfima forman / la gran roca de la experiencia”.

En esta sintonía, y como dice uno de los versos, “la luz doméstica es cóncava”. Abarca en ella la vida, la cobija y la pone a resguardo de la entropía ciega, la redondea: “Voy a dejar este poema acá / porque la mano se me enredó / en lo que expulsa el río / porque ya no lo tolera, porque no es / líquido, ni nadie sabe qué / cómo, para qué, por qué estoy llorando, / es algo suntuoso, es pobre, / creo que solamente el esqueleto de un pez / que brilla según cambia el idioma del día. / Voy a dejar este poema acá / porque una vez estuvo vivo”.

Ese es el aire que se respira en “El cariño en flor”, un sentimiento de conclusión ante la captación de aquello que transcurrió en otro plano, a la manera de esos aguiluchos que renacen en el poema para que la voz se despierte, retome el pasado y se advierta a sí misma: “todo el verano en que fui feliz por los pájaros y me distraje”.

Desprendimiento de esa experiencia óptica resulta entonces “El amor gamado”, largo poema en el que las estrofas se articulan como fotogramas y la luminosidad se oscurece, se retrae en un verso más breve y más grave, y la sensación se hermetiza como si de ella apenas pudiésemos conocer un tajo, una pequeña lonja en la masa negra que ocupa su alrededor.

Para concluir podría intentarse distinguir la luz sonora y verbal de Meteoro a través de su voluptuosidad incesante, como en el poema que comienza “Estoy fingiendo”, y como si se hipostasiara ante nosotros como “el sol del atardecer / lamiendo tus zapatos”. Como si el verso y la lengua fueran esa masa que se va deslizando entre las palabras.

 

Julián López, Meteoro, Literatura Random House, 2020, 96 págs.

 

 

17 Dic, 2020
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