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Todo lo que toca

Rogelio Lart

LITERATURA ARGENTINA

“Va cayendo. Puede que suene rudo, inhumano, desaprensivo y en cierto punto frío mencionarlo así, pero el hecho no se presta a sutilezas: va cayendo”. El mínimo fragmento de “El otro” que se transcribe en este comienzo, cuya depurada sintaxis y cuyo vuelo connotativo lo vuelven por poco multiuso, informa un hecho desgraciado —la caída libre de un operario desde más de treinta metros de altura— y es además la veta trágica de un relato que tiene una contracara familiar y apacible. El tono asertivo, la diversidad adjetiva, cierto foco en la síntesis y en la precisión y una trama de cara doble acaso funcionen como botón de muestra del pulso narrativo que late en Todo lo que toca, el segundo y reciente libro de cuentos de Rogelio Lart. Un año atrás, casi con el mismo tranco arrollador con el que ilusionan los mejores ejemplares que debutan en La Plata o San Isidro —vean si no al narrador de “Lucky guy”—, “Arderán”, el primer relato de su primer libro —los campos, los incendios que los preparan para la siembra, el domador de esos fuegos y un niño carbonizado son focos que lo avivan— se leía incluso como una cumbre, como un cuento de antología. Algo menos electrizantes, estos le siguen el paso. Hay un aire milonguero, como de aforismo de tango, que los aporteña. El café Margot, la inmediata esquina de San Juan y Boedo, la avenida Nazca y el calor húmedo del verano que llega del río tienden a darle peso y contundencia a esa impresión, a un humor amasado con una nostalgia no se sabe bien de qué. Hay incluso algunos gestos esparcidos por aquí y por allá, como secarse la nuca transpirada con un “pañuelo blanco desordenado”, que traen consigo algo más de ese toque retro: el final de “A quemarropa”, quizá por la vestimenta, los escalones y la balacera, hace del cuento una especie de western urbano, graciosamente engalanado por la última coquetería del malandra acribillado. Opels y Siambrettas, íconos de un consumo aspiracional made in Argentina, semejante y tan distinto al que hoy arraiga en IPhones o Uniqlos, los remiten a un tiempo parejo con ese aroma sepia y, más significativamente, abren la puerta a otra dimensión narrativa que es casi como una atmósfera, por poco invisible pero vital y respirable. Ente otros cuentos de marcada truculencia, que giran en torno a situaciones desgraciadas o crímenes en los que los involucrados son niños y no solamente como víctimas —“Bajamar”, “Cuatro pulgadas”—, se abren paso las series histórica y política como antecedentes o plataformas desde las que se dispara la ficción. A cierto proletarismo fabril, de pantalón Ombú y despertador de madrugada, que acompaña a los personajes —el Juan Domingo no-Perón de “El que avisa”, por ejemplo— se le suma una intención de “disputarles la realidad a los hechos”, como dice el poeta Fernando Murat en la contratapa. Invención mediante, el encuentro semiclandestino entre un hombre de anteojos de marco grueso y un secretario general en “Esa noche” se deja leer como otro de los antecedentes de aquella investigación inconclusa que dio lugar a una pieza narrativa como “Esa mujer”. En el final, en el menos elíptico “¿Quién salvó a Rodolfo?”, un guion engordado por la mano de un narrador experto —“grúa Louma”, “steadycam” o “luxómetro” son los tecnicismos que lo apuntalan— detalla y describe allí donde un mínimo punteo dejaría los blancos para la aparición de las imágenes y el movimiento otra reunión, esta vez en uno de los gabinetes de la inteligencia criminal del Proceso, en la que un teniente de fragata infiltrado dice “va a mandar la carta”. Esa película imaginaria, locuaz y menos desventurada que la historia, pretende cambiar un desenlace conocido; ¿con qué objeto?, “dejar planteada una pregunta o dos. Eso es arte: frente al atropello de la realidad, la oportunidad de repreguntar”.

Rogelio Lart, Todo lo que toca, Paradiso, 2022, 184 págs.

1 Dic, 2022
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