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La flor 

Mary Karr 

OTRAS LITERATURAS

La literatura redime una existencia construida con “mancillado material genético”: tal sería el caso de Mary Karr. “Poeta y memorialista”, según su web y Wikipedia, enseña literatura en la Universidad de Syracuse. Y si creemos a The New York Times, escribe “novelas” que son “best sellers adictivos”. Todo cierto, y a la vez nada lo es aisladamente. Su fuerza reside en el cruce de géneros: para entender a Karr es mejor instalarse en la encrucijada y ver cómo su prosa abre surcos que drenan historias verídicas, muchas veces sangrantes. 

Lo que Karr ofrece, sostienen contratapas y notas de prensa, es adictivo. Tal vez. Pero si entendemos “adicción” como desorden resuelto en un lenguaje que pervierte el sentido aparente, o desde el psicoanálisis (conducta de dependencia que trastorna los sentidos). ¿Son esas historias la suya propia? Su obra plantea los dilemas de la no ficción. Karr relata los desastres que vivió (en casa, alcohol; afuera, drogas, sexo y soul texano) y los dramas consecuentes. Se nota que disfruta haciéndolo, sin ocultar la aspereza de las angustias y fracasos de sus años setenta. No ofrece confesiones sino retales. Los comparte, tal vez “para sentirse menos sola en el universo”.  

Así, lo autobiográfico no lo es tanto, la crónica se hace lírica transida, lo académico se ríe de sí mismo entre duda y sarcasmos. Karr procede de la poesía y le importa cada palabra. El título de esta entrega de su trilogía memorialista es Cherry: una fruta y su color; aunque también la forma machista y psicópata con que el imaginario norteamericano acaricia el himen de la virginidad. Otra obra suya, Lit, aludía a la iluminación (lograda con el realismo de la madurez); pero también menta la escritura, donde para ella todo converge, se explica y se aclara. La ficción autobiográfica de Karr es un ejercicio de literatura, aunque a primera vista se limite a rememorar una vida. 

La mayor o menor relación con su propia peripecia se la dejamos a ella. Más interesa el mundo que sus relatos construyen. Con Karr sirve lo que supimos aprender de Osvaldo Lamborghini o Perlongher: zambullirnos en la escritura y escuchar el latido de avatares que fluyen y con buen oficio se tornan relatos. En el caso de la escritora, el tema es la peripecia de una adolescente.  

Pinta la adolescencia como tironeo entre la sed de libertad (desea huir, siendo que le aterra hacerlo) y la “amorosa incompetencia” de padres a los que implora (con poco éxito) que la contengan, incluso por la fuerza. Transmite con desgarro cómo su época de secundaria es la de una progresiva pérdida. Lo que lastima a la joven Mary no es sólo lo que está mal. Se trata de otra cosa: de modo inevitable la vida es amasijo de alegría y dolor, una mezcla de orden provisorio y caos prolongados, con asombros entusiastas y tedios ante la estulticia de las circunstancias. Este sentimiento de las cosas lo acrecienta el hecho de ser ella (y sentirse) rara por padre y madre (obrero petrolero y artista enloquecida), cuando intenta la impossibilia de “formar parte de algo” y hacerse invisible en un magma de sociabilidad infantojuvenil. 

El libro detalla la crónica de esas rarezas. Con la lucidez, es cierto, de escribirlas veinte años después, tras mucho dolor y reflexión. Pero con la soltura intacta de una niña valiente que cuenta cosas terribles haciendo reír al lector. La prosa de Karr es la de una dama que presencia un dramón espantoso sin dejar de pintarse las uñas. El estropicio de su vida familiar, junto a la pasión por vivir esa vida y ninguna otra fantaseada.  

¿Una adolescencia perdida? Más bien años cruciales que devuelven a la conciencia el “yo en blanco que ofrece la infancia”. Karr rescata la adolescencia en el recuerdo, la libera de los peores clichés, depura sus miserias en el crisol de una mirada que a pulso ganó madurez. Ni pérdida ni tesoro. Ni paraíso ni infierno. Sólo una existencia desnuda narrada a corazón abierto, en el momento de fugarse a California.  

 

Mary Karr, La flor, traducción de Regina López Muñoz, Periférica & Errata Naturae, 2020, 440 págs.

28 Ene, 2021
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