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Decirlo todo. Una conversación con María Moreno (parte 2)

DISCUSIÓN

Parte 1.

 

Patricio Lenard: Cuando le preguntaron si alguna vez se había cuestionado su responsabilidad como escritor, Michel Houellebecq dijo que reivindica como novelista la irresponsabilidad total, y que son los ensayos, no las novelas, los que cambian el mundo, y que para discutir un tema es ocioso perderse en consideraciones novelísticas. La crónica, con su mezcla de ficción y no ficción, ¿qué lugar ocuparía en ese intríngulis?

María Moreno: La crónica no es mezcla de ficción y no ficción. Es otra economía de la “verdad”. El rescate de la crónica fue en principio una creación de la academia norteamericana para la literatura de América del Sur. Con figuras como José Martí, Rubén Darío, Salvador Novo, Carlos Monsiváis, cuyo axioma para autodefinirse como cronistas era (y lo copio): “Una encomienda inaplazable de la crónica y reportaje: dar voz a los sectores tradicionalmente proscriptos y silenciados, las minorías y mayorías de toda índole que no encuentran cabida o representatividad en los medios masivos. Ya no se trata únicamente de darles voz a los grupos indígenas, a los indocumentados, desempleados, subempleados, organizadores de sindicatos independientes, jornaleros agrícolas, campesinos sin tierras, feministas, homosexuales, enfermos mentales, analfabetos. Se trata de darles voz a marginados y desposeídos, oponiéndose y destruyendo la idea de la noticia como mercancía, negándose a la asimilación y recuperación ideológica de la clase dominante, cuestionando los prejuicios y las limitaciones sectarias y machistas de la izquierda militante y la izquierda declarativa, precisando los elementos recuperables y combativos de la cultura popular, captando la tarea periodística como un todo donde la grabadora sólo juega un papel subordinado”. Ahora se vende como crónica el periodismo redactado. Pero la crónica volvió en los noventa, aunque sin enorme repercusión en un mercado que pretendió dar el batacazo con el género. Hay pocos cronistas actuales notables como Cristian Alarcón. La crónica es escritura en contaminación. Lo que se escribía en diarios cuando surgían los Estados nacionales en Nuestra América. Era la práctica diurna de poetas como Rubén Darío, Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera. Te recomiendo leer Desencuentros de la modernidad en América Latina: literatura y política en el siglo XIX de Julio Ramos, donde se atribuye a la crónica la retórica del paseo.

PL: Sabemos de los beneficios que las cuotas de género han traído de la mano de los nuevos feminismos y del movimiento queer al mundo de las letras. Pero ¿puede la corrección política ser patrón de medición de la calidad literaria?

MM: Esa es una opinión, no una pregunta. Creo que el testimonio, o podría decirse el coming out como ingreso en lo político, es un ritual de iniciación de la novela queer. La “calidad literaria” es una construcción que cambia con el tiempo y depende de dónde se fiscalice. Últimamente he leído novelas en primera persona con un sujeto gay que abjura del modelo drama-revelación y que cuentan amores, modos de circulación, una cierta etnografía como Busco similar de Nicolás Artusi, o Los brasileros de Rodofo Omar Serio. Y No binarix de Genesis P-Orridge, que es también una escritura de vida que podemos llamar post queer y “revolucionaria”, a pesar de que fue escrita en los setenta.

PL: En uno de los textos de Pero aun así escribís: “Estoy convencida de que las mujeres entran a la escritura a través de determinadas transacciones, máscaras y operaciones teóricas de género. Y la más común es la arrogancia de una supuesta bisexualidad”. Allí tu modelo es Colette, pero también Djuna Barnes. ¿El exhibicionismo convierte al disidente sexual en activista?

MM: ¿Exhibicionismo? Más bien relato de otros modos de desear. Hay una clara diferencia entre el disidente sexual y el activista —aunque la expresión “disidente sexual” pertenece ya a la política—. Lo mismo que hay una travesti de mercado como Flor de la V y otra activista como Lohana Berkins, que era un cuadro revolucionario donde el travestismo era el punto de partida. Djuna Barnes y Colette no eran “exhibicionistas”: las dos hicieron ficciones sobre sus vínculos homoeróticos pero no se identificaban como disidentes sexuales, y era lógico. Muchas lesbianas no se percibían como las de El pozo de la soledad, que extorsionaba con su “maldición” a un público hétero. Su autora, Radcliff Hull, hoy sería considerada trans. Colette y Barnes se oponían a las etiquetas para el amor. Colette tiene un libro muy crítico, Lo puro y lo impuro, que es un ensayo muy agudo y moderno —casi queer— sobre la homosexualidad, palabra que me sigue gustando porque la usaban Genet y Pasolini.

PL: Es verdad: el amor que durante tanto tiempo no osó decir su nombre, al salir a la luz, parece mostrar más de la cuenta. Pero ahí el problema es del que ve, no de lxs que ponen su deseo en escena. Después están las que no supieron, no pudieron o no quisieron revelar su condición. En el ensayo “Un closet de cristal” te referís al caso de Gabriela Mistral en Chile, pero también pienso en lo que pasó con los Diarios de Alejandra Pizarnik, expurgados por decisión de sus herederos de todo contenido referido a su sexualidad.

MM: No quisieron. La versión de la censura es demasiado ingenua, a menos que te suicides como Alejandra y tus parientes violen tus escritos. Sylvia Molloy, para decir que el lesbianismo de Gabriela Mistral ha sido durante años un secreto a voces, cita a David Miller: “Ese secreto tiene por función no esconder algo sino esconder que se está al tanto de ese algo”. También en el libro cuento que un amigo me advirtió sobre la tradición que nos exige descifrarlo todo, en lugar de cobijar el enigma, ser sus custodios, guardar el secreto como un tesoro.

PL: ¿Casarte en tu juventud con un hombre no fue cumplir con la heterosexualidad obligatoria en algún sentido?

MM: Fake news. En todo caso me casé por seguridad en plena dictadura, mi ex marido era militante de las FAP. Decí que mis amantes varones están en su mayoría muertos, si no se sentirían lastimados en sus, generalmente, enormes egos. Me casé con un hombre a quien me unía una pasión, digamos entre Sartre y Bataille. Era la época de la pareja abierta, de las orgías con debate y el sexo como imperativo. Ya caducó ese relato lesbiano sobre la heterosexualidad como obligación hasta reconocer haber deseado a las mujeres desde la infancia y asumir la tortez como una especie de verdad absoluta sobre el deseo, cuando es algo difuso, cambiante y difícil de volver definitivo salvo por la ideología.

PL: ¿Entonces no llegaste a sentirte atraída por otras chicas en tu infancia ni a torturarte con el miedo de ir al infierno que machaca el catecismo?

MM: En mi infancia no me sentía atraída por nada. Mi madre me llamaba “Lo”. Decía que me correspondía el artículo neutro. En mi adolescencia, por una enfermedad, me dieron una droga que decía en el prospecto que podía provocar hipertrofia de clítoris, barba y calvicie. Se diría que mi madre me orientó al cambio de sexo, pero mis estrógenos me salvaron de esos efectos. Hubiera sido un hombre trans petiso, calvo, con barba y un pene pequeño. No éramos creyentes. Éramos rojos por parte de abuelo materno. No tomé la primera comunión. Si estas parecen confidencias íntimas, habría que recordar lo que pensaban Puig y Copi sobre el sexo, que debería ser trivial como un deporte. El verdadero secreto son las humillaciones, las defecciones éticas, la envidia, la delación.

PL: George Bernard Shaw se preguntaba por qué deberíamos seguir los consejos del papa en materia de sexo, considerando que si algo sabe del tema, no debería saberlo. ¿Qué opinás de Francisco? ¿Lo ves peronista o sólo papista?

MM: Lo veo ex Puerta de Hierro.

PL: En alguna entrevista te vi definirte como peronista. ¿Peronista como Marechal, como Jauretche, como los hermanos Lamborghini, como quién?

MM: No veo por qué definirme como peronista a través de escritores varones. Se ve que creés que el peronismo es una ficción. Y a pesar de que todo lo que escribí —consciente hasta cierto punto— fue leído como difícil de encuadrar en un género, me pedís que me defina explicando mi definición en relación con la de unos cuantos muertos pertenecientes a la Gran Próstata Nacional. Pero el peronismo de los que nombrás es muy diferente en cada uno. Hay un Osvaldo Lamborghini gremialista de derecha, un Jauretche fundamental para el denuesto jocoso de la clase media. Pero toda autodefinición se hace con una intención política. Como decir “somos todos judíos alemanes”. O “somos todas lesbianas”. Era muy gracioso Nicolás Rosa cuando, ante mi feminismo —que también es posicional—, me decía: “¡Ay María, vos no sos feminista!”. Poné que soy una peronista de la Argentina Sono Film.

PL: De un cuento de Aira titulado “Las dos muñecas” tomo la siguiente frase: “Una característica del peronismo fue que no se propuso dominar el mundo, sino sólo la Argentina”. Y esa dominación en algún sentido continúa, ¿o no? ¿Cuánto tiempo Francia fue bonapartista, o Rusia leninista, o China maoísta? Pero aquí, al cabo de setenta años, el peronismo sigue vigente. ¿Eso no te resulta un poco extraño?

MM: Yo tengo otra frase que es de Daniel Santoro: “El comunismo fracasó porque prometía la igualdad y en un futuro después de mucho trabajo y sacrificio. En cambio, el peronismo prometía la felicidad en el presente”. Esa pregunta es la típica pregunta-exhibición que no busca una respuesta, sino que muestra una posición. Observo varias clases de gorilismo. Existe un gorilismo autobiográfico donde la desgracia de la Patria se asimila a la desgracia de la familia; un gorilismo que enfatiza, si no la denuncia de algo, la denuncia de que algo no se puede decir, y un gorilismo de empate que pretende una equidistancia apolítica de los bandos en pugna y concede, por ejemplo, que el bombardeo a la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 fue una masacre, pero jamás lo hace espontáneamente. Según vos todo es nuevo, y la historia no retornaría ni siquiera como sátira. China maoísta, Rusia leninista son figuras mileístas, solo que él las llama “comunismo”. No, no hay una Rusia leninista, pero fijate la reciente marcha fascista sobre Roma, multitudinaria, con jóvenes camisas pardas con el brazo en alto. La diferencia es una mímica expropiada del punk y de la multicultura de las redes. Giorgia Meloni posa con las tetas casi al aire burlándose de su apellido, pero es fascista. Claro que estamos acostumbrados a leer con las viejas matrices ideológicas. Mark Fisher lo atribuye a la izquierda melancólica, postulando un comunismo ácido.

PL: Yo no me considero antiperonista. Empatizo bastante con la posición anti-antiperonista de los intelectuales de la revista Contorno, porque veo que lo que hay del otro lado es peor, mucho peor, o lo ha sido así en términos históricos, pero no dejo de advertir que en la dialéctica del gorila y el peroncho se nos está yendo la vida. ¿No hay superación posible de esas antinomias? Hoy nadie es rosista, ni mitrista, ni yrigoyenista. Hace tiempo que los radicales de la UCR no son “yrigoyenistas”. Quizá tenga que pasar un siglo, llegar unidos y organizados al año 2050, para que los peronistas dejen de ser peronistas. ¿O será que el peronismo es para siempre?

MM: El peronismo es para siempre porque también es mítico. Aunque Axel Kicillof propone una nueva música, una que no sepamos todos y yo estoy de acuerdo. Quién te dice que cuando cantemos una que no sepamos todos, vos no seas “COMPAÑERO”. Los de Contorno eran antiperonistas, para disimularlo se pusieron enfrente a Sur y a Victoria Ocampo. Viñas me contó que una vez Victoria lo invitó a tomar el té a su casa. Él le dijo que aceptaba pero que se reunieran en el bar Ramos. Viñas era apasionadamente gorila. Cuando lo veía a Walsh, cruzaba la calle. Te decía con seriedad que Evita era una puta, y cuando hizo esa payasada de rechazar la Beca Guggenheim, invocó tramposamente a Walsh. Me enteré por un libro de que algunos intelectuales de Contorno hicieron terapias con drogas psicodélicas. Esos momentos en que las vanguardias políticas se cruzan con las estéticas o las experimentales son valiosos.

PL: Yendo ahora a nuestro resistible Arturo Uy!, cada vez que lo veo a Javier Milei no puedo evitar el espejismo de la cara de Domingo Cavallo con las patillas de Carlos Menem. Condensación, desplazamiento, lo siniestro freudiano, retorno de lo reprimido… Y vos, ¿qué ves?

MM: Todo al mismo tiempo más Calígula, Nerón, Ubú rey y Lily Sullos, que también tenía una pareja incestuosa, todo con un elemento neoconservador. Porque Milei es neoconservador en su liberalismo como es habitual en Latinoamérica, cuyo principal enemigo es lo que se llama “ideología de género” y que cuenta con una fuerte alianza con grupos evangélicos.

PL: Si mañana te secuestraran los marcianos y te permitieran llevar un solo libro para explicar en Marte cómo es la Argentina, ¿cuál elegirías?

MM: Ninguno. Estaría investigando la sexualidad marciana y pensando en que me paguen una nota en dólares.

PL: Sin contar las noticias de actualidad, ¿alguna pesadilla recurrente?

MM: Sí. Que vuelvo a caminar y tengo que presentar un libro.

PL: Además de la asociación libre, herramienta que utilizás con fines creativos, ¿de qué otras formas te ayudó el psicoanálisis?

MM: El psicoanálisis no me ayudó. Más bien me ha gatillado. El alcohol sí me ha evitado un suicidio temprano y sobre todo me creó una fuerte hermandad. Una pertenencia ilusoria, pero momentos de gran felicidad. Cuando me dejó, parecía que me había abandonado un amor. Tenía ese tipo de melancolía. Empecé a dosificarlo sin darme cuenta y cambié de compañeros, en gran parte debido a sus muertes. “Herramientas” me suena bien porque experimento cuando termino un texto —por lo general un texto que debo— un cansancio, no digo que “proletario”, pero sí físico, un cansancio de la atención y de la destreza como si hubiera practicado tareas de circo.

PL: ¿Cuál es tu deuda con Germán García, a quien le dedicás una de las emotivas despedidas con que se cierra Pero aun así?

MM: Su legado es inmenso. Y hablo de eso en el libro. En cuanto a mi emotividad, es quizás mi recurso más artificial y en donde pongo más distancia en el texto. Soy como ese periodista que quiso entrar en Crítica y a quien Botana le encargó para probarlo que escribiera sobre Dios, y él le preguntó: “¿A favor o en contra?”.

PL: Junto con la muerte de amigos queridos y autores admirados, el suicidio es el otro tema luctuoso de Pero aun así. De Virginia Woolf a Alfonsina Storni, pasando por Jean Améry. ¿A qué se debe que los escritores suicidas se vuelvan más interesantes? ¿A que el suicidio —esa “gran obra” de la que habla Albert Camus— es el único ejemplo de la muerte como una de las bellas artes?

MM: Bellas artes no siempre. Un policía declaró que Alejandra Pizarnik tenía el pantalón como si se hubiera arrastrado. El aspecto de Alfonsina debió de ser terrible como el de la mayoría de los ahogados. Bellas artes fue el suicidio de Arminda Aberastury. Puso la mesa para varios invitados, música clásica y se tomó las pastillas bebiendo champán de cada copa. Tenía en las manos una ruletita. Lo cuenta Marcelo Pichon Rivière en su libro La mariposa y la lámpara.

PL: Dijiste por ahí que te gustaría morir leyendo. Si entre tus manos encontraran el Werther de Goethe, ¿el caso podría ser caratulado como “suicidio”?

MM: Eso que dije tenía un matiz importante. Decía que leería cualquier cosa y no me imagino el Werther de Goethe. Sí tal vez un catálogo ilegal de hongos psicodélicos, un prospecto de bebidas alcohólicas, un menú, la sección fúnebre de un diario, para ponerme en clima. Escribo mucho sobre el suicidio y pienso que hay que sacarle la connotación de patología y pensarlo como un derecho sin necesidad de englobarlo en la eutanasia. Creo en el suicidio como una decisión autónoma. La vida no es sagrada, no se debería dejar nuestro final en manos de la biología. Desgraciadamente no soy autónoma. No tengo acceso a las armas ni a las pastillas. De llegar ese momento, necesitaría la ayuda del Estado. Que no se entienda esto como un proyecto melancólico o fruto de mi “forma” actual. Al contrario, mi mutación disca me ha generado un nuevo campo de investigación.

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