Fortuna

Hernán Díaz

LITERATURA ARGENTINA

Las grandes novelas norteamericanas que han explorado los meandros de la riqueza suelen hacer espacio para el fetiche de la casa grande. Un ejemplo inmediato sería la mansión de Gatsby, parapeto suntuoso e infeliz desde el que el gánster de buen corazón observa lo único que no puede tener, pero hay muchos otros. Thomas Sutpen y Swede Levov, por citar sólo a dos, agregan gótico sureño y cuestión judía a la misma fijación por la residencia amplia, metáfora del sueño nacional, punto de llegada para el logro pecuniario y de partida para todas las desolaciones que se encienden una vez que lo simbólico-material ya se ha conseguido.

En Fortuna, novela reciente de Hernán Díaz, un personaje le dice a otro: “Por favor, recuerde que no quiero ninguna descripción ostentosa de la casa. Es de mal gusto”. Aunque más adelante la trama en cierta medida traiciona esa indicación —la traiciona y la refrenda: lo que acaba mostrando es una habitación racionalista, casi desnuda—, el acento está puesto en las fabulaciones del capital y no en sus frutos comprobables. Wall Street levanta edificios que en breve llamará a demoler. La solidez es lo primero que las finanzas ponen en entredicho. Si la prosperidad es prueba de virtud, también deberá considerarse que la realidad puede ser torcida y alineada.

No es casual que una novela sobre las entelequias de la acumulación se estructure a partir de textos. Nacido en Argentina, criado en Suecia y radicado desde hace tiempo en Estados Unidos, Díaz toma la posta de Nabokov, otro foráneo que eligió el inglés entre las muchas lenguas que le fueron dadas, y concierta un puñado de escritos que se completan y se desmienten los unos a los otros.

El primero, una novela ficticia de la década del treinta, narra las incidencias del matrimonio entre un as de la banca y una mujer de memoria hipertrofiada y con conocimientos elevados en música y matemática. Lo que los une es la distancia con la que miran el mundo: para ellos las personas son variables, manifestaciones de deseos que pueden ser moldeados y previstos, componentes microscópicos de una economía que cruje o descuella según quién la manipule. Hay un paseo por los años veloces del auge financiero estadounidense. La expansión primera, la abundancia, el descarrío, el crac del 29 y la tragedia final del matrimonio se suceden con prolijidad cronológica mientras la voz en tercera, deudora a conciencia de las prosas de Edith Wharton y Henry James, acapara el control de la narración. La única línea de diálogo en ella guarda una revelación ambigua, resumen de egoísmo y soledad. “Yo”, murmura el financista y enseguida calla. Quizás no tenga nada más para decir.

Los siguientes tres escritos se derivan de esa metaficción seminal. Hay un borrador de autobiografía firmado por el magnate que supuestamente inspiró la novela ficticia. Con una ironía directa, que se pronuncia con las páginas, Díaz introduce tachaduras, comentarios y anotaciones para futuras enmiendas. Aunque las memorias de la escritora que colaboró en la redacción de la autobiografía y el diario íntimo de la mujer del magnate cierran el cuarteto, para entonces el enigma, acodado sobre lecturas en clave de género y reflexiones acerca de la naturaleza real del genio capitalista y la necesidad atávica de producir relatos, ya está dibujado en la pared.

Es una pena —no una culpa del traductor— que inevitablemente más de un sentido se pierda en la traducción del título original: Trust. Novela de interiores, proyecto muy distinto de A lo lejos (2017), debut en el que Díaz desplegó un raudal de peripecias de paisaje abierto, Fortuna opera sobre las abstracciones del mercado, esa zona donde una mano hace y deshace con la impunidad de su invisibilidad supuesta.

 

Hernán Díaz, Fortuna, traducción de Javier Calvo, Anagrama, 2023, 440 págs.

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