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Escribir

Marguerite Duras

OTRAS LITERATURAS

“La soledad de la escritura es una soledad sin la que el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo”. Quien ensaye cualquier página atenta a la invención o el pensamiento, y hasta quien sólo lea lo anterior asomándose con curiosidad a ver qué se esconde por detrás de ese misterio que durante horas nos mantiene atentos a páginas sin tiempo, entenderá que ya no se puede renunciar a este libro de Marguerite Duras.

Dejando atrás amantes, oficios, pertenencia y lugares, hasta los requerimientos del propio cuerpo, como los recuerdos que en él se inscriben, la autora de Un dique contra el Pacífico va tramando en él una reflexión acaso por demás singular al momento de pensar qué significa escribir, qué se puede hace con ello cuando todo responde a esa soledad. Pero Duras, como siempre, no responde sino que conmueve: “La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice”. Y en ese caso lo asombroso es que, de esa soledad, las palabras salían envueltas en su ropaje de fantasmas y se volvían presencias, frases que alcanzaban el convencimiento de un temblor. Al azar, una sola línea de Moderato cantabile, El arrebato de Lol V. Stein o El hombre sentado en el pasillo bastaría para demostrarlo. Sin embargo, Escribir es también el relato de la intimidad de Duras, la que necesita del jardín, los árboles, los gatos que circundaban su casa en Neauphle-le-Château, la que año a año se cubría de una frondosa enredadera en su pared de piedra, y también del esqueleto reseco que el invierno dejara, acaso como una lección de que escritura y tiempo son un mismo ritmo: “Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada en el estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir”.

Tramado entonces por el giño autobiográfico que previamente encontráramos en entrevistas y novelas, el ensayo de Duras no sólo va reconstruyendo la escena de cada libro entre el silencio que lo cobijara y la música que le permitiera seguir, sino que también va armando una especie de teoría imposible de su objeto, la que entre palabra y palabra no hace más que resonar en el vacío, en lo imposible, en el olvido mismo que la lleva a transformar el habla de su discurrir en la sorpresa de ese relámpago. Por lo que no define, sino que más bien sugiere, sustrae, extravía cualquier sentido al acto de su mano tramando formas, escenarios, personajes. Duras no cuenta cómo escribió esos libros, ni qué significa haberlo hecho, ni mucho menos qué hay detrás del acto de escribir; en todo caso, pone por delante la convicción de que escribir es sostener una especie de ignorancia previa, apasionada, casi religiosa y devota de la incertidumbre a la que uno se muda para alentar la permanencia de ciertas sombras —su hermano, su madre, el infierno colonial de la infancia, o la muerte de una mosca—. Acaso Lacan haya tenido razón entonces cuando le señaló: “No debe saber que ha escrito lo que ha escrito. Porque se perdería. Y significaría la catástrofe”.

Tal vez por eso en Escribir lo que importa es “la escritura sin referencia alguna”, aquella que Barthes llamara “intransitiva” por no responder a objeto alguno; aunque, en verdad, a lo único que respondía era a la manía del sujeto, ya que Chateaubriand, Balzac, Stendhal —en su aplicación de oficio— sabían muy bien de qué trataba: “Escribir es siempre la puerta abierta hacia el abandono”. En ese abandono reside la autenticidad de su autor, lo que hace a la negación del libro “sin noche, sin silencio”, el mal dado libro de un día, contrario a otros que “hablen del duelo profundo de toda vida”. ¿Adónde lleva entonces la escritura? Al fenómeno de lo extraño estructurado. Por eso, Escribir —de un fragmento a otro, de una imagen sustraída a la sustracción misma de la palabra que lo dice— está hecho de silencios voluntarios. Cuando Duras supo de la experiencia soberana a la que se enfrentaba, fue honesta hasta el dolor al confesarnos: “Creo que mucha gente no podría soportar lo que digo, huirían”. Y sin embargo, en esa casa de palabras, permaneció incólume.

 

Marguerite Duras, Escribir, traducción de Ana María Moix, Tusquets, 2022, 128 págs.

 

 

6 Oct, 2022
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