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Juntando espigas en los campos de Buda

Lafcadio Hearn

OTRAS LITERATURAS

Las fotografías lo muestran siempre de perfil. Dicen que perdió el ojo izquierdo a los nueve años en un accidente y el otro apenas toleró el estrabismo. Para entonces, también había perdido a sus padres, embarcados cada uno en sus propios proyectos en distintos puntos del orbe. Privado de algo más que de un ángulo de referencia, su mirada parece dirigirse siempre a otro lugar. No habría que desdeñar como exceso interpretativo el posible origen de su devoción por Oriente. Como si hubiera recorrido y abolido en un mismo movimiento la distancia entre ambas partes y nos mirara desde el otro lado del espejo, quien naciera con el nombre de Lafcadio Hearn murió con el de Koizumi Yakumo.

Nacido en 1850 fruto de la relación entre un médico militar angloirlandés y una campesina griega, a los seis años Hearn se muda de su Grecia natal a Irlanda, donde viviría al cuidado de una tía paterna. La férrea educación católica, la soledad y el abandono hicieron mella en un talante tímido y melancólico. Debido a que su tía cayó en bancarrota y no pudo costear su educación, el autor de Kaidan recaló primero en Inglaterra, donde llevó una vida errante, y luego en Francia, donde continuó sus estudios. A los diecinueve años se embarcó a Estados Unidos en busca de un horizonte más promisorio. Desfiló por varias ciudades trabajando como pinche de cocina, corrector, traductor y periodista. Su casamiento con una afroamericana causó un revuelo tal que lo echaron del periódico donde trabajaba como redactor. Por esa época se interesó en el mestizaje cultural (francés, africano y aborigen) de Nueva Orleans, llegando incluso a explorar los entresijos de la magia y el vudú. Pero el encuentro fortuito con dos libros de mitología japonesa comienza a aguijonearle la curiosidad. A los treinta y nueve años se embarca como corresponsal de un periódico y pisa por primera vez suelo nipón. Años más tarde y cambio de ciudad mediante, se casa con la hija de una acomodada familia de samuráis. Convertido al budismo y naturalizado japonés, adoptaría el nombre de Koizumi Yakumo, que significa algo así como “el país donde brotan las nubes”. Gracias a su esposa comienza a familiarizarse con los relatos fantásticos de la tradición oral del país y dedica el resto de su vida a traducir sus hallazgos a los lectores occidentales. Aunque sus modos se ajusten mejor a la figura del divulgador, en su caso no se trata, al decir de Victor Segalen, de un “proxeneta de la sensación de lo diverso”. Su tarea, por el contrario, invita a considerar el esplendor y la maravilla de lo crepuscular.

Juntando espigas en los campos de Buda reúne once piezas traducidas de manera exquisita por Mariana Alonso en torno a la cultura y las costumbres durante la era Meiji (1868-1912), un período de profundas transformaciones que sirvió de trampolín para que Japón se erigirse como potencia mundial. La filigrana del estilo de Hearn deambula por el detalle arquitectónico, la canción folclórica, la caligrafía esmerada, el rapto contemplativo, el cuidado de un jardín, el timbre de una voz o el relato de una historia con visos de leyenda. Y siempre parece estar hablando de sombras y de fantasmas. Como si cada objeto, cada mirada o ademán, ocultasen una presencia, un exceso de tiempo. De otro tiempo. Quizás por eso a Borges le impresionaba un título suyo, Algunos fantasmas chinos: “‘Algunos’ los vuelve más precisos y a la vez más lejanos”. Hearn captura en la línea del relato la esfera de un mundo evanescente.

 

Lafcadio Hearn, Juntando espigas en los campos de Buda, traducción de Mariana Alonso, estudio preliminar de Miguel Sardegna, También el Caracol, 2021, 238 págs.

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