OTRAS LITERATURAS

“Era el peor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. De esa primera línea se sirve Ali Smith para ecualizar y al mismo tiempo repudiar la posibilidad de la contradicción dickensiana. Donde el autor de Una historia de dos ciudades (1859) veía luces y sombras, justicia y opresión, la química levantisca que propulsa el caballo de los acontecimientos, la escritora escocesa descubre la redundancia en un odio cuya estela no dejará, cuando lo peor haya pasado, ninguna sabiduría.

Y si bien hablamos de grados distintos de violencia —el aquelarre donde se coció el Brexit no difundió el uso sistemático de la guillotina, al menos no de la que amputa cabezas con hojas de acero—, lo que preocupa a Smith es justamente la latencia otoñal, la volatilidad impredecible y aún no liberada. De momento lo que hay, lo que Elisabeth observa, es la manifestación de un rencor impreciso, dirigido a un afuera demasiado abstracto, como si la erosión iniciática fuera la del bien colectivo, un ideal hecho de lazos que sólo existen mientras se cree en ellos.

Elisabeth, no Elizabeth. Nombre de prosapia inglesa, pero ligeramente trastocado, dicho y escrito como se estila en otros países, para dar cuenta de la dialéctica interior de una protagonista encerrada en el signo de un tiempo que desoye y acelera. Estamos en 2016 y el enjambre parido por el referéndum de junio gira centrífugo mientras Elisabeth —treinta y pocos años, profesora de arte— se refugia en el cuarto de un asilo de ancianos y lee frente a un hombre centenario suspendido en el sueño que lo mece hacia la muerte. Lee a Dickens, a Huxley, a Ovidio. O sea: novela histórica, distopía, poema sobre transformaciones con desenlace trágico. El hombre centenario fue su vecino de la niñez, la persona que abrió para ella un pasillo hacia un universo imposible de recrear, cargado de las resonancias morales que sólo germinan al calor de la correspondencia absoluta. La atracción que une a Elisabeth con el señor Gluck, platónica en más de una acepción, está ligada a la que él siente por Pauline Boty, símbolo feminista de los sesenta y artista pop que cada tanto es rescatada en exposiciones marginales. Para darle el centro que no tuvo en vida, Smith deja que Boty gane espacio, incluso a costa de enredarse en una de las convenciones más trajinadas de la novela moderna, donde se ha hecho frecuente la incrustación de biografías en el entramado ficcional, como si el giro repentino hacia la crónica dotara a la escritura de un segundo aire y a la lectura de un anzuelo extra.

Más allá de la invasión de lo real, más allá también de las apariciones de la madre de Elisabeth, una jubilada fanática de las antigüedades y de una estrella televisiva de su infancia —las fugas hacia atrás son una constante en el texto, pieza inaugural de la tetralogía que Nórdica acaba de completar en España—, Otoño toma una altura diferente cuando Elisabeth recuerda sus caminatas con el señor Gluck y los diálogos, parapetados en una prosa demasiado fresca para ser sólo experimental, se expanden con un swing sostenido a fuerza de juegos de lenguaje, pedagogía enmascarada y debates sobre la forma y el fondo de las cosas. La fuerza está en la comunicación de un par de personajes que se entienden. Otro escocés inquieto, Alasdair Gray, aventuró hace algunos años que “cuanto más vasta es la unidad social, menos posible es la verdadera democracia”. Quizás tenga razón, y hasta se quede corto. Quizás no haya nación más perdurable que la que se dilata y se contrae en una intimidad de dos.

 

Ali Smith, Otoño, traducción de Magdalena Palmer, Nórdica, 2021, 228 págs.

26 Ago, 2021
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