X ha muerto

Alaine Agirre

LITERATURA IBEROAMERICANA

En algunas ocasiones es mejor no saber nada. Avanzar a ciegas, con el tembleque de la mano y el pulso, ir hacia delante con el mero empuje de la violencia inconsciente. Guiarse por el instinto, la víscera, el miedo desquiciante, los temores. Así es como procede la escritora vasca Alaine Agirre (Bermeo, 1990) en X ha muerto, su segunda novela, escrita cuando tenía veintitrés años y traducida ahora al castellano por Xabier Mendiguren.

Y este es, sin temor a dudas, su más preciado valor: la brutalidad con que el pánico antecede (y empuja) la prosa; y la historia. Una historia que, en realidad, no es más que un pálpito, una (falsa) precognición funesta, que vamos (re)conociendo poco a poco.

X ha muerto es, en esencia, una nouvelle sobre el poder inmortal de la imaginación. Un libro sobre la fragilidad de los hilos del destino, de la vida. Una novela sobre perder el control. La historia, mínima y acumulativa (con textos muy breves, que son más pura manifestación del impulso que no, en verdad, narración), da cuenta de los temores de la protagonista narradora a perder a X, quien pudiera ser su novio real o imaginario, tanto da. Temores francamente infundados, que tienen que ver con la vanidad (la vanidad de la trascendencia, de lo eterno, de los celos de que la vida sea sin nosotros), que sólo suceden como por causa de una resaca antigua, casi arcana: ese miedo no a lo que se muere, sino a lo que se nos muere con la muerte ajena.

Es como si a través de la prosa que avanza y avanza, sumando corazonadas, presentimientos, la protagonista no es que se librara de las muertes posibles que nos provoca el vivir, sino que elongara su perversión, disfrutando la pérdida lenta y paulatina (en el sentido del goce sórdido que esta provoca en la narradora, por la vía de la interposición de la mano de la autora; esto es, del arte). Porque la clave aparece justo hacia el final del libro. En la página 105, la narradora se vuelve presente en el texto y torna evidente la artificiosidad de la narración: su trampa. En este punto, todo se detiene.

Es ahí cuando X ha muerto se convierte en un manifiesto (que se pretende antimanifiesto, pero que lo es igualmente) en contra de la idea de lo intelectual, una oposición frontal a la idea de lo culto. Una bravata que clama por el arte salvaje, descontrolado, definitivo. Así, la narradora nos dice que “la escritura es ocupación. Una ocupación absoluta que me invade. La escritura ocupa mi cuerpo mi mente mi corazón alma espíritu”. Con ello quiere decirnos que es una artista y que, por ello, ficcionaliza su vida. Nos dice que el texto que hemos leído es “un autoanálisis con el objetivo ambicioso y tal vez pretencioso de convertirse en literatura”. Para finalizar con el argumento vanidoso del que hablábamos antes. Dice la narradora: “Escribir sobre mí es mi modo de escribir sobre ti”.

Se han señalado acertadamente las vinculaciones de la prosa de Agirre con la siempre desgarradora tragedia del amor en la obra de Marguerite Duras, así como con la crudeza autoficcional de Annie Ernaux. A diferencia de ellas, aquí se produce una distancia de las relaciones entre el “yo” que enuncia y la voz de la autora, creándose una narración puramente ficcional. Agirre, no obstante, y como se ha señalado antes, se deja dominar por ese querer escribir sin pensar demasiado en ello, simplemente dejándose vencer por el torrente de la escritura. El saberse (y reconocerse explícitamente) texto desnudo, imperfecto, frágil e irracional es la fuerza motriz de esta novela. El saberse “texto sucio desaliñado pringoso mugriento inmundo soez”. Un libro que en su indecente desnudez halla su hermosura.

 

Alaine Agirre, X ha muerto, traducción de Xabier Mendiguren, Consonni, 2021, 120 págs.

9 Sep, 2021
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