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De dónde soy

Joan Didion

OTRAS LITERATURAS

Un territorio se define —y delimita—, entre otras maneras, por el relato que sus habitantes se cuentan a sí mismos sobre el sitio, su pasado y lo que este representa como asidero para encarar el presente y el futuro, a pesar de que no corresponda con la realidad. Tal parece ser la premisa con que la fallecida Joan Didion abordó De dónde soy, una serie de textos acerca de California, el sitio en que nació y creció, y del cual proviene su familia. En las primeras páginas lo deja claro: el libro representa una exploración de sus propias confusiones acerca del lugar y la forma en que creció. «Unas confusiones tanto acerca de América como de California, unos malentendidos y malinterpretaciones que forman parte de quien soy en tanta medida que todavía hoy sólo les hago frente de refilón». Son, precisamente, los malentendidos y malinterpretaciones, las contradicciones o dilemas, los que mejor ejemplifican esa difícil tarea de enmarcar el territorio en el interior de sus fronteras —sean estas, incluso, más imaginarias que geográficas—. En el libro son particularmente interesantes los ligados a la transformación del territorio, al lento transcurso de los cambios que se suceden bajo el asedio de la urbanización y al amparo de una promesa de crecimiento.

La segunda de las cuatro partes que tiene el libro comienza con el curioso efecto del «fallo de la memoria a corto plazo» que representa la colección del Museo Irvine, propiedad de Joan Irvine Smith, la cual está poblada de pinturas impresionistas y plenaristas llenas de colinas, desiertos, mesetas y suelos amplios que fueron arrasados con la urbanización ligada al crecimiento económico. Pinturas de un pasado agreste con un paisaje familiar pero desaparecido, bañado por la luz que sólo otorga la memoria. La paradoja está ahí: lo único que no corresponde con el sitio es quien lo mira, pero de no mirarlo no habría quien diera cuenta de él. «El suyo es un ejemplo extremo del dilema que afronta todo californiano que se benefició de los años del boom: si todavía pudiéramos ver California como era, ¿cuántos nos podríamos permitir verla ahora?», dice. A partir de ahí, en el libro va apareciendo el reverso de esas transformaciones: subidas de precio de alquiler a la par de un aumento de demanda en el mercado inmobiliario que desplazó a «la gente de los moteles» —trabajadores migrantes empobrecidos, los nuevos vagabundos de la cosecha que retrató John Steinbeck décadas atrás—.

Como gran cronista que fue, Didion tamiza sus temas a partir de lo anecdótico: para hablar del duelo o de un cierto clima cultural lo hace desde la experiencia. En su escritura, el «yo» es la herramienta con que lo tratado se tasa y adquiere dimensión, en este caso un paisaje o un pasado arrebatado, o incluso el relato que los recién llegados a un valle se cuentan a sí mismos, guarecidos en la media luz de la intemperie. Por eso, no resulta extraño que De dónde vengo termine abordando un libro suyo y su relación con California.

En el primer caso, lo hace para percatarse de que también ella idealizó un pasado que fue escenario de su primera novela, Río revuelto, un libro escrito como producto de su nostalgia por California luego de dos años viviendo en Nueva York. Revisitándolo cuatro décadas después, halla en él «una deformación»: la constante sugerencia de que los californianos «verdaderos» se habían resistido a los cambios de posguerra, el reforzamiento de la idea de un derecho de nacimiento o la pérdida de un paraíso. Todo relato nostálgico es el relato de los cambios subyacentes en un sitio —el sistema de autopistas, la industria aeroespacial, el asentamiento de campus académicos— y sus consecuencias —el crecimiento urbano descontrolado, la creación de empleos efímeros, el encarecimiento de la vivienda—. Pero, como pasara con la colección de cuadros de Joan Irvine Smith, Didion descubre aquí otra contradicción: una serie de verdades omitidas que hacía pervivir la idea en la que ella misma como narradora descubre haber incurrido. La historia de California, descubre, es la de una afluencia de población constante desde su fundación; «ya desde el principio se habían producido aumentos olvidados, unas tasas de crecimiento que borraban de forma sistemática los vestigios recientes de costumbres y de comunidad».

En la última parte, el paisaje se traslada del exterior al interior, confluyen en su propia historia el relato del terreno y el gesto de redimensionar la historia desde quien la enuncia. Por ello, quizá el momento más interesante de estas memorias sea aquel en que reflexiona que, tras la muerte de los padres, el sitio del que uno es adquiere singularidad: «¿Quién me va a cuidar ahora? ¿Quién me va a recordar como era? ¿Quién sabrá ahora lo que me pasa? ¿De dónde voy a ser?», se pregunta. Pensar en su madre la lleva a pensar en las contradicciones que como californiana encarnaba para que, páginas más adelante, descubra que todo relato de una madre es, al mismo tiempo, el de una hija. De visita en Sacramento con su hija adoptiva, Quintana, descubre que los únicos lazos que tenía con el sitio eran ella y su madre, que su lazo no era más que un motivo temático. Más tarde, cuenta, le parecería que ese había sido el momento en que todo empezó a parecerle remoto, desde las travesías hasta el sueño de América y el hechizo bajo el que vivió su vida. Sin lazos de sangre no parece existir motivo para que uno se siga contando el mismo relato lleno de malentendidos y contradicciones, pues el pasado no es otra cosa que el sitio de donde uno cree ser.

 

Joan Didion, De dónde soy, traducción de Javier Calvo, Literatura Random House, 2022, 224 págs.

20 Oct, 2022
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