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Queer. La diversidad en la naturaleza. Sobre una inusual muestra en Berna

DISCUSIÓN

Un fantasma recorre Occidente: el fantasma queer. Se puede afirmar que el fenómeno queer es un imán que atrae miradas, despierta esperanzas, atiza miedos, provoca pensamientos y reclama tomas de posición. Como otros fenómenos nuevos que irrumpen en la escena reflexiva, lo queer no dispone todavía de una mirada comprensiva final. Existen consistentes programas de investigación basados en (o a partir de) Donna Haraway, Judith Butler o Paul B. Preciado. Permiten dar pasos significativos hacia una teoría general queer que tarde o temprano se acabará decantando. Pero todavía no llegamos allí.

Sea como fuere, lo queer está entre nosotros, presente en acalorados debates que concitan la atención de diversos estilos discursivos de Occidente. Parte de su importancia la señalan diversas metodologías de conocimiento que se dan cita y a menudo se disputan con acritud este apetecible asunto. No está de más recordarlas: la moral (con el ejemplo significativo de la Iglesia católica); las disciplinas psi (existe una controversia de Preciado con la asamblea de psicoanalistas lacanianos); un sector del pensamiento académico (a partir de la llamada “teoría francesa” de Foucault y Derrida); los gender studies (que intentan responder a la pregunta ¿en qué sentido lo queer se integra o no en el feminismo?); o grupos de científicos como los que, en varios museos de historia natural de Bélgica, España o Suiza, organizan exposiciones sobre lo queer en la vida animal. ¿Por qué tan intensa movilización? Tal vez porque, por activa y por pasiva, al manifestarse públicamente lo queer denuncia un orden social opresivo; y porque al hacerlo cuestiona la normalidad del orden del discurso.

La ambición y belleza de la exposición que actualmente se puede visitar en Berna merecen un comentario elogioso, sin ocultar lo criticable. Se llama Queer. La diversité est dans notre nature (Queer: la diversidad está en nuestra naturaleza), tiene lugar en el Museo de Historia Natural y está abierta hasta el 10 de abril de 2022. Esta muestra suiza es la punta de lanza del esfuerzo de muchas organizaciones y proyectos no binarios de ese país, sostén argumental de la iniciativa del museo. Seña del interés concitado por el evento es que durará un año entero. Evento, sí, ya que junto a lo expuesto en sus muy concurridas salas se cuentan ciclos, debates, entrevistas, tests verbales y juegos alusivos para los visitantes, entre los que cabe incluir el contingente de estudiantes de secundaria o superior, direccionados o no por sus centros.

La muestra está diseñada para recorrerla como una filmación sin cortes. Igual que ciertos films de Carlos Saura (Bodas de sangre, una sola toma de 66 minutos) o Alexandr Sokurov (El arca rusa, única toma en 91 minutos). Este dato no es menor: al final advertimos que, lejos de limitarse a ser una opción estética, el formato transmite la pretensión de un continuum entre mundo animal y mundo humano, tesis que sustenta las premisas de la exposición. Para desarrollar su punto de vista, los organizadores han dejado en suspenso puntos de vista como los listados más arriba, a fin de apoyarse en textos y propuestas de autoras queer. Nada que objetar a esto, salvo quizá el hecho de dejar implícitas tales citas y dar a entender que hablan “en nombre de la ciencia”. Porque, veamos, ¿podría una ciencia encontrar su criterio de demarcación fuera de observaciones que elaboran hipótesis, las que a continuación han de ser comprobadas (o falseadas)?

 

¿Qué muestra la muestra? Me centraré en la primera de las cuatro partes, llamada “Diversidad”, la más extensa y reveladora. Con textos, imágenes y juegos de conocimiento en muros, mesas y vitrinas de las salas, plantea que una característica del mundo animal (y de la naturaleza vegetal, cabría agregar) es la omnipresencia de la diversidad. Agrupa múltiples observaciones empíricas en cuatro acápites sucesivos. Nos enteramos de cambios de sexo habituales en sapos, peces y microscópicos rotíferos de esos que trepan por las piernas cuando caminamos en aguas remansadas. Luego vienen casos, abundantes, de hermafroditismo: se manifiesta en caracoles, babosas y lombrices comunes, entre otras especies (al indagar el mundo vegetal, vemos que el hermafroditismo caracteriza a más del sesenta por ciento de las plantas). Un recorrido más largo se dedica a la concepción virginal (partenogénesis): la hembra se reproduce sin ser fecundada por un macho, en casos como el pavo real, el tiburón martillo, las pulgas de agua, el indonesio varan de Komodo o la darevskia unisexualis, lagarto de los Urales. Lo que con más atención se observa es la homosexualidad animal. Sus causas no son elucidadas del todo y los organizadores lo hacen notar. Pero el hecho es que abundan los ejemplos: carneros del Valais suizo, pingüinos patagónicos, culebras rayadas, albatros de Laysan, así como los plantígrados bonobos.

La muestra se pregunta qué lugar ocupan estos fenómenos en la evolución. Desde el punto de vista evolutivo estricto, o sea si se atiende a coordenadas biológicas y funcionales, algunos “no tienen sentido”. Además, parecen introducir una dimensión que en el plano humano consideraríamos “placer”. Mirando el comportamiento de muchas especies se descubren preferencias no dictadas por razones funcionales: abrazarse para aplacar la intemperie y el frío, amén de signos de amistad, afecto, compañía o consuelo. Se observan acciones sexuales no reproductivas (sexo oral, sexo anal), de las que dan cumplido testimonio más de mil quinientas especies animales que practican asiduamente la homosexualidad, incluyendo varias no mencionadas en la exposición, como los flamencos machos del Zoo de Edimburgo que adoptaron un pichón, o los leones homosexuales fotografiados en plena acción por Paul Goldstein en Kenia.

Los textos señalan una ausencia de regla o criterio universal para la repartición de roles de género. Existen harenes de machos (los jacanas negros), machos que crían solos a los bebés (los casoares con casco) o hembras más agresivas que los machos (hienas manchadas). Muchas situaciones de diversidad se desconocen todavía. Científicos de todo el mundo hacen notar que la diversidad de opciones de sexo y género recién empieza a ser observada en el mundo animal. Pero a la vez (y quizá a la muestra de Berna no le cabe detenerse en tanto detalle), muchas de las situaciones detectadas siguen sin conocerse a fondo, al no poder las observaciones acceder a los motivos e incluso a los factores desencadenantes de dichos comportamientos. También queda sin precisiones otro aspecto, señalado con frecuencia por etólogos y antropólogos: la observación provoca interferencias. Intervienen el postureo de los animales observados (pasa con los simios), las posiciones ideológicas de la persona que observa (juzgando, en este caso, a partir de plataformas y declaraciones del movimiento “ciencia queer”), y finalmente el hecho de trasladar (a veces con cierta ligereza) la nomenclatura de lo humano a la observación animal (los términos usados en esta crónica lo prueban).

 

Lo humano y lo no humano. De un modo infrecuente para un museo de ciencias naturales, las otras tres secciones de la exposición se centran en el ámbito humano. La parte dos se titula “Mundos corporales” y sus muros repasan argumentos del planteamiento queer. En las lenguas que lo distinguen (inglés, francés, castellano; no así el alemán), el “género” es social y evoca modos y sentimientos conocidos (o no) y comprendidos (o no) por los congéneres; en cambio el “sexo” es biológico y alude (o aludía hasta hace poco) al dimorfismo hombre-mujer. Entonces, cuando se habla de “identidad de género” se designa la dimensión social, o sea el reconocimiento exterior de lo que somos personalmente. Ahora bien: muchas veces el sexo que exhibimos no corresponde al sexo que sentimos o con el que nos identificamos. Siguiendo, como se aprecia, los planteamientos de Judith Butler, la exposición desmonta analíticamente el género humano. Esto (se plantea) permitirá observar el sexo biológico como algo más intrincado de lo que suponíamos.

La idea es ayudar a los visitantes a descubrir que cada humano se sitúa en un punto preciso (detectable, observable) y móvil (o sea: pasible de cambios originados en su interior o provenientes del exterior) entre lo típicamente masculino y lo típicamente femenino. Existen dos tipologías culturales distintas a las que respondemos en proporciones variables. Por eso cada individualidad se sitúa en un punto del continuo, ocupando su lugar del espectro. La exposición continúa y los paneles trasladan esa variabilidad en la adopción de perfiles de género (inagotables) a la determinación del sexo de los humanos: ¿cómo aparece el sexo biológico?; ¿por qué es lo primero en configurarse en el cuerpo?; ¿qué características lo determinan? Con el título de “Energías”, la tercera parte plantea la lucha ideológica entre el “motor creativo” de lo queer humano (variedad de culturas) y las “fuerzas destructivas” (discriminaciones, violencias). La parte final, llamada “Futuro”, extiende sus reflexiones a “lo que pensaremos el día de mañana sobre el género y la sexualidad”.

Las cuatro secciones ofrecen un discurso bien pensado, potenciado por una presentación atractiva. A la vez, la postura defendida es, en su conjunto, una “conjetura”. No planteo una crítica; me limito a emplear el término en la acepción que tiene en la lógica de la investigación científica: afirmación o teoría discursiva que no resulta posible confirmar o falsar. Cabe una precisión: las conjeturas constituyen elementos de importancia como umbral de nuevos conocimientos. Las ciencias sociales son “disciplinas conjeturales”, no por ello menos influyentes en la imagen del mundo contemporáneo, así como en vías de acción decisivas que ciertas conjeturas han abierto en el planeta.

No pueden omitirse, pues, los reparos que suscita la exposición.

Al apoyarse, desde el punto de vista científico, en posturas evolucionistas “duras” (¿las de Singer y Cavalieri?), los comisarios dan a entender que en la cadena evolutiva se produce continuidad entre algunos animales (no sólo vertebrados superiores) y los humanos. Cierta continuidad es comprobable. Muchos animales muestran características que se consideraban exclusivamente humanas: emociones, como en la llamada depresión canina; refinados códigos lingüísticos en los delfines; o habilidad prensil en los chimpancés; además de los rasgos sexuales analizados en la exposición. Por su parte, los humanos no han perdido características animales como el desarrollo sensitivo, base de instintos más allá del de supervivencia (se ha investigado entre otros casos la memoria olfativa, una de las más tenaces). Otro ejemplo: en las conjeturas de Freud y de Marx (deudores en esto de Hobbes y Rousseau respectivamente) llama la atención que el desarrollo deseable del hombre, ya sea curado o liberado, pasa por cierto “retorno” a la conducta animal, más espontánea y desinteresada que la humana, pero por ambos caminos paradójicamente más humana.

A la vez, la exposición pasa en silencio sobre qué separa lo humano de lo animal. Habría sido útil presentar un caso de comparación como el de los chimpancés: con ellos el humano comparte noventa y nueve por ciento de la parte del genoma comparable; pero el uno por ciento restante incluye treinta millones de diferencias genéticas que explican performances distanciadas en materia de lenguaje articulado, capacidades cognitivas o sentido de la adaptación a cualquier clima o situación social. Si entre unos humanos y otros se plantean distancias a menudo insalvables (genéticas, con hasta tres millones de diferencias entre individuos estudiados; y culturales, con lenguas, costumbres, modos de percepción y apropiación del mundo), ¿cómo eludir lo que nos distingue de los animales?

Esta reflexión evoca otra: ¿qué lugar debe ocupar la ciencia en asuntos de sexo y género? La ciencia no es ajena a los debates sociales, lo cual habla de su sensibilidad y sentido de pertenencia al entorno cultural. Pero se encuentra con disyuntivas que debe resolver. Si por un lado intenta esclarecer los problemas de sexo y género aplicando métodos propios (observación, experimentación, construcción de nuevas hipótesis y teorías), por otro lado los científicos acarrean valores y emociones. ¿Cómo observan, comparativamente hablando, una bióloga queer y otra straight?; ¿desarrollan protocolos guiados por las mismas reglas de demarcación? Puede que dicha “demarcación” (crucial para la administración de experimentos y la conducción de observaciones) oscile, según cada caso, entre la experiencia sensorial de los positivistas, el esencialismo de quienes piensan que el hombre es “rey de la creación” o el naturalismo naif de quienes practican la ciencia como observación inmediata de la naturaleza de las cosas. En los asuntos que plantea la exposición de Berna, estamos lejos de encontrar propuestas consensuadas en que basar “convenciones” operativas asumibles por todos.

Vista desde las expectativas que siempre despierta la ciencia, la exposición de Berna plantea otros asuntos que aquí sólo hay espacio para mencionar:

– El vaivén incontrolado entre lenguajes que designan lo humano y lo animal y del que dan ejemplo el título de la muestra y sus textos. ¿En qué condiciones hablar de emociones animales o de instintos humanos? ¿Se puede plantear un continuo de condición y comportamiento? ¿Cómo entran en cada caso las reflexiones sobre derecho, estética o violencia?

– Estudiar lo queer implica, tarde o temprano, detenerse a valorar nuestra propia identidad, un acierto de la muestra. El problema surge cuando recordamos las continuas variaciones que el término queer ha sufrido, desde que se empezó a emplear en Estados Unidos en 1920 para designar la homosexualidad masculina, opuesta de modo tajante a la heterosexualidad de hombres que, según fuimos captando de a poco, sólo eran blancos, urbanos y a poder ser anglosajones.

– La diversidad sexual entre animales ayuda a entender las conductas humanas. En el ámbito humano también puede haber (y de hecho se constatan) comportamientos sexuales muy diversos. Es más: en el caso humano, la diversidad tiende lógicamente a ser mayor. ¿Por qué? La conducta humana proviene de respuestas biológicas mucho menos que la animal. Está ceñida a las infinitas variantes del deseo.

A las personas que se asoman sin temor a la cuestión queer, la exposición de Berna les anuncia un prometedor camino de conocimiento y de experiencia.

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